Palabras de aMor en lunes. Por María Eugenia Manzano

Eres una mujer rara: no te aprovechas de tu belleza. (Parthepone, Sorrentino)
Lunes, veintiocho de abril.
Muere el Papa. Me entero en la frutería e intento buscar conexiones, aunque a todo lo que llego es al gesto sencillo de Francisco, a esa piedad cercana con los vulnerables y olvidados en el centro de la plegaria, a su proclama de humildad, y al señor que me da la vez le digo que ojalá más como este, el primero jesuita y Francisco, como el de Asís. Me mira de forma rara. Luego pido tres pomelos y pongo un mensaje a mi madre. Hace ahora doce años lo celebré con mis hijos, entonces de seis y ocho años. Lo del Papa, jesuita. Fumata y bandera blanca. Hoy, entre muchas cosas, leo que «su gran milagro fue convertir en vino progresista un estanque cenagoso de agua rancia«. Aunque no fuera el océano entero, algo es algo. Amén.
Después, subí al escenario. Me vi frente a mil personas, las vi. Me vestí de rojo. Compartí el miedo. No estamos solos. Nunca. Ni aunque queramos. Gracias. La exigencia es una grieta por donde el ego asoma el hocico con su astucia habitual, así que me quité de en medio. Fui al río a pasear, comí con mi hijo. Lloré cuando quise llorar sin tratar de encontrar el motivo y bailé en casa. Recé. Sin contacto y sin sermón. En silencio. Hacía frío. Compartí el vermú con amigos.
Decidí ver una peli y quise fuera del Papa pero elegí sin dudar Parthenope. Bendito sea Sorrentino. Una oda a la belleza, a la sensualidad, a lo femenino, a la ternura, a Nápoles y los italianos, al azul y al verde, al Mediterráneo… a hacernos viejas. Me la dediqué, como la canción de Víctor. Y cuando pensé que me había equivocado (por lo de ofrendarla a Bergoglio), en medio de lo demás, ¡el milagro de San Genaro!, ¡ay, Dios!, ay, hay Dios… y la sangre se licúa. Hagamos el amor, dice ella. A Dios se llega despacio, responde un cardenal en cuerpo de napolitano. Esto era. Hágase. Y la luz, el agua. El abrazo al profesor Orlando. Y el Éxodus de Kilar, la trompeta de Maalouf, la banda sonora. Ese autobús del Napoli, su canción. La sonrisa de Parthenope jubilada. Es ese toque de belleza con el que Sorrentino lo transmuta todo.


Vista Parthenope. Mucho que contar, empezando por la cara de la taquillera al escuchar “entradas para Partenjoup”. Desde ahí, para arriba. También el ingenio de Sorrentino, ampliamente considerado. Ingenio todo el rato: ni una frase gris en toda la película. Reflexiones ingenionísimas, frases redondas, sentencias estupendas y provocadoramente vacías. Por momentos me recordó a mis peores páginas, las más compartidas en Instagram. Es tan abrumadora la presencia del ingenio que el propio Sorrentino se disculpa: la protagonista está a la búsqueda de la respuesta perfecta. El único personaje que dice cosas normales es el hijo del profesor Orlando: “ciao” para saludar, “ciao” para despedirse. Tiene un cuerpo no normativo. Pero si uno se fija bien, después de dos horas imbuido de la dramática belleza de Nápoles, le encuentra un gracioso atractivo. Es quizá la mejor parte de la película, exceptuando las carnes zafias del cardenal Tesorone balanceándose como un botafumeiro por la catedral, y no es azaroso: Sorrentino acumula imágenes y diálogos inconsecuentes que, según avanza el tiempo mediterráneo, te encierran en una atmósfera. A veces irritante, otras emocionante, de raro interés narrativo. Parthenope es la mujer más bella del mundo (es difícil no serlo si te mira Sorrentino, lo metes en el mar a grabar unos rodaballos y a los veinte minutos te los quieres follar a todos). Lloro al final, cuando Parthenope se jubila. Hay noches en que puedo oír susurros dentro de mi cuerpo: son cuatro viejitos jugando a las cartas en un lugar poco iluminado, hablando bajo para no despertarme, esperando a devorar el último aliento de mi juventud, que es el brillo de los ojos y las ganas de conservarlo. Esa profesora jubilada se vería pletórica si no nos la estuviesen enseñando horas en el esplendor de su belleza. Por eso es tan valioso tener 40, 50 y 60 años, edad que se nos hurta de Parthenope: para acostumbrarnos a la muerte no es necesario que se suicide nadie, basta con dejarse llevar una misma a los pies del mar, meterse despacio en él, atravesar las edades con el mismo tiento con el que se atraviesa un detector de metales.
Manuel Jabois

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