La mano invisible. Por: Ángel Luis Jiménez.

A estas alturas de la segunda presidencia de Trump el ruido ensordecedor de los mercados ya habrá convencido a una mayoría de que solo la “mano invisible” puede salvar la democracia de este caos.
La mano invisible es una metáfora que representa la capacidad de un mercado libre para autorregularse. Según esta teoría, cada individuo al perseguir su propio interés está guiado, como por una mano invisible, para contribuir al bienestar y eficiencia económica general. O, dicho de otra manera, se trata de un mecanismo espontáneo que caracteriza a toda sociedad capitalista haciéndola progresar por el simple impulso de sus leyes internas.
Mario Vargas Llosa en su ensayo “La llamada de la tribu” -una autografía intelectual de este autor recientemente fallecido- ha venido manteniendo una tradición de pensamiento que privilegia el individuo frente a la tribu. Siguiendo a Adam Smith (economista y filósofo escocés del siglo XVIII) mantiene que no es el altruismo ni la caridad, sino más bien el egoísmo el motor del progreso.
En pleno siglo XX, el economista de la escuela austriaca Friedrich Hayek buscó reemplazar o complementar la sugerencia con la de un “orden espontáneo”, que conduciría a “una asignación más eficiente de los recursos de la sociedad que cualquier diseño pueda lograr”.
Sin embargo, algunos críticos han expresado que tal “orden espontáneo” carece de cualquier fundamento moral o ético, aspecto que es central en la posición de Adam Smith y posiblemente en cualquier tentativa de justificar sus propuestas económicas en términos de “dar a cada cual lo que corresponde”.
Aunque el origen de esta idea de Smith es una tentativa de dar fundación moral a un sistema socioeconómico, la tesis de la mano invisible no puede garantizar la distribución equitativa de la prosperidad económica de acuerdo con un criterio moral de recompensa al esfuerzo o a la capacidad individual.
Una economía de mercado retribuye a los individuos solo de acuerdo con su capacidad para producir cosas que otros están dispuestos a pagar. Pero volviendo a Trump y al ruido de los mercados, han tenido que ser las bolsas -y el crucial bono americano a 10 años- quienes hayan conseguido que el presidente Trump recule en sus ensoñaciones de imponer un nuevo orden mundial.
Trump tiene muy buenas razones para declarar una “pausa” de 90 días en sus planes. Nos estamos jugando todos -y la economía americana la primera- una repetición agravada del shock financiero global de 2008. Porque proyectar desconfianza sobre el dólar -la moneda de reserva mundial-, o peor aún, sobre la deuda americana -el activo financiero subyacente de esta vasta red de transacciones económico financieras-, es un suicidio colectivo y el declive del imperio americano.
El sistema financiero global está tan interrelacionado que un default selectivo y voluntario impuesto por el “rey de la negociación” a los tenedores de deuda que quieran evitar sus punitivos arancele puede dejar sin pensiones a los jubilados japoneses. La situación es una locura. No hay cortafuegos. Y al Banco Central de la Estados Unidos (Fed) no le bastaría con sus compras de activos para estabilizar el sistema financiero global.
Apretar el botón de pausa, aun después de haber destruido billones de riqueza financiera, es lo segundo más sensato que ha hecho Trump desde que accedió al poder. Solo le ganaría, respirar, tragar saliva y dar marcha atrás en su intento de fragmentar la economía y dividir al mundo en zonas de influencia. Pero estamos viviendo solo 90 días de gracia (y tensión).
En otras palabras, dar marcha atrás a su plan de volver al siglo XIX y a la política de Rivalidad entre Potencias, que tan dolorosos resultados le ha dado al mundo. Aquellas relaciones internacionales donde “los poderosos hacemos lo que podemos y los débiles sufrís lo que debéis” como escribió el historiador griego Tucídides en su Historia de las Guerras del Peloponeso.
Los ideólogos del Maga (Make America Great Again) aducen que responden no solo a un orden internacional obsoleto -algo en lo que probablemente tienen razón- sino al desleal comportamiento de sus aliados y, por encima de todo, a China que ha “engañado” y, actuando como polizón, usando las reglas e instituciones post II Guerra Mundial -las que diseñaron los norteamericanos- para emerger como plausible potencia hegemónica rival de la Pax Americana.
Es posible que realmente lo crean. Pero también que todo esto no sea más que una tapadera para recaudar dinero rápidamente porque necesitan financiar y hacer permanentes los recortes impositivos que Trump aprobó en su primer mandato y que ahora vencen.
No hay nada más desasosegante que pensar que para conseguir su prioridad ideológica lo único que han encontrado es usar los aranceles, los impuestos por excelencia del siglo XIX. Impuesto del XIX para pagar las rebajas impositivas de los billonarios del siglo XXI. Y además hacerlo con crueldad y arrogancia, como si fuera un Rey Sol que humilla y premia a sus súbditos. Está claro, que necesitamos un nuevo orden mundial.

 

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