El resto es silencio. Hamlet
Lunes, 2 de febrero.
Esta semana ha pasado entre lectura, cine, un puzzle de mil quinientas piezas, refugio, confianza, y frío. Meterse en la madriguera el mes más largo del año y leer a Lucía Berlín no tiene precio (y no es una frase hecha: no lo tiene, nadie va a pagarte por ello, y bendito sea) igual que no tiene precio (bueno, esto sí) salir de la hibernación para traer provisiones y volver a casa empapada, con un puzzle, sin querer, y sin expectativa ninguna, esparcir todas las piezas en el suelo del salón a salvo de cualquier idea que huela a productividad. Refugio del tener que, del hacer, ahora ¡juguemos! Ya tengo completo el borde. Después, ir al cine el viernes queriendo y encontrar a Cartujo al entrar. En dos minutos y medio cambiar la peli elegida para meternos a ver a Chaplin, de 1940 a 2026, El gran dictador en pantalla grande, ochenta y seis años de rabiosa actualidad. Rabiosa y mucho, es verdad, pero con la carcajada limpia del genio. Y con la duda de si es todo lo que podemos lo que estamos haciendo… por lo de la banalidad del mal, ya saben. No podemos despistarnos. Luego, otro día, comer rico, beber vino, comprar pastas a las monjas, el café en el parador. Un paseo a la orilla del río (a punto del desbordamiento) y llorar con Hamnet. Si no la has visto, pon fecha. Pero antes hazte un favor: lee a Maggie O´Farrell. Si no lo haces, no pasa nada. Pero si lo haces… no imaginas cuánto pasará. Por este orden. Lee Hamnet. Ve al cine a ver Hamnet. Se te quebrará la voz, la garganta. Volverás a casa y dirás «mírame». Comprenderás. Y en el suelo verás el puzzle. ¿Cómo construir confianza? Ahí lo tienes. Nada más en qué pensar.
Charlie Chaplin. El gran dictador. Discurso final.
«Lo siento. Pero… yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las armas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia las miserias y las matanzas. Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros mismos. El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado, sentimos muy poco. Más que máquinas necesitamos más humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura. Sin estas cualidades la vida será violenta, se perderá todo. Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros. Ahora mismo, mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, millones de hombres desesperados, mujeres y niños, víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes. A los que puedan oírme, les digo: no desesperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano. El odio pasará y caerán los dictadores, y el poder que se le quitó al pueblo se le reintegrará al pueblo, y, así, mientras el Hombre exista, la libertad no perecerá. Soldados: No os entreguéis a ésos que en realidad os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen qué tenéis que hacer, qué decir y qué sentir. Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y como carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos inhumanos, hombres máquina, con cerebros y corazones de máquina. Vosotros no sois ganado, no sois máquinas, sois Hombres. Lleváis el amor de la Humanidad en vuestros corazones, no el odio. Sólo los que no aman odian, los que nos aman y los inhumanos. Soldados: No luchéis por la esclavitud, sino por la libertad. En el capítulo 17 de San Lucas se lee: «El Reino de Dios no está en un hombre, ni en un grupo de hombres, sino en todos los hombres, ¡en vosotros!» Vosotros los hombres tenéis el poder. El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad, el poder de hacer esta vida libre y hermosa y convertirla en una maravillosa aventura. En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble que garantice a los hombres un trabajo, a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Pero bajo la promesa de esas cosas, las fieras subieron al poder. Pero mintieron; nunca han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán. Los dictadores son libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo. Luchemos ahora para hacer realidad lo prometido. Todos a luchar para liberar al mundo. Para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia. Luchemos por el mundo de la razón. Un mundo donde la ciencia, el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad. Soldados: En nombre de la democracia, debemos unirnos todos.»


