Llegó con nombre de mujer y dejó el paisaje patas arriba. Marta, hermosa en el sonido y feroz en su paso, trajo durante horas el caos momentáneo, el rugido del viento, la arena desplazada, el agua reclamando su sitio. La naturaleza en estado salvaje, recordándonos —una vez más— quién manda cuando decide hacerse notar.
Pasó lo peor. Y como siempre ocurre después de la tormenta, quedó el silencio, la calma frágil, ese instante en el que todo parece volver a empezar.
La imagen del día no es la del temporal, sino la de lo que vino después: Un casco azul, botas manchadas, y la curiosidad intacta frente a un paisaje que aún muestra las cicatrices de Marta.
No hay prisa, no hay miedo. Solo aprendizaje y asombro. La vida retomando su pulso entre dunas desordenadas y caminos de arena.
La naturaleza, tras rugir, se vuelve bucólica. Y nosotros, diminutos, seguimos adelante.
Porque tras el caos pasajero, siempre queda una escena así.
Y por eso, hoy, esta es la foto del día.


