La conciencia de Alemania y Europa.Por: Ángel Luis Jiménez

Esta semana murió Jürgen Habermas a los 96 años. Era la conciencia de Alemania y Europa, y el último de los grandes filósofos alemanes de este siglo de catástrofes y esperanzas. Con él desaparece una figura capital en los debates que han atravesado su país y Europa desde mediados del siglo XX. Una guía intelectual frente a los grandes acontecimientos de nuestro tiempo.
Habermas, marcado como tantos de su generación por su infancia y juventud bajo el nazismo, fue un intelectual público en una era de descrédito de los intelectuales, y en sus últimos días un europeísta pesimista sobre el proyecto europeo. Habermas continuó hasta el último aliento reflexionando sobre el mundo e interviniendo en la discusión pública, sin esquivar la polémica, como sucedió con los textos en los que defendía la necesidad de defender Ucrania ante la agresión de Rusia. Aunque también expresaba su inquietud por el rearme europeo y lo que consideraba el belicismo alemán.
En su último artículo, publicado el 30 de noviembre de 2025, escribió, casi a modo de epitafio: “Al final de una vida política más bien favorecida por las circunstancias, no me resulta fácil llegar a esta conclusión implorante, pero lo cierto es que una mayor integración política, al menos en el núcleo de la Unión Europea, nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha sido tan improbable”. También decía que en una situación ideal de dialogo al final se impone “la fuerza del mejor argumento”.
Habermas muere en un mal momento para la empresa a la que dedicó su obra. No es una paradoja sentimental, sino un diagnóstico preciso. Construyó el andamiaje intelectual más sofisticado del siglo XX para sostener una idea simple y radical, que la democracia puede fundarse en la razón comunicativa, que la legitimidad nace del mejor argumento y no del poder bruto, y que Europa podía ser la prueba histórica de que ese proyecto era viable. Hoy, la muerte de Habermas adquiere un significado que no es biográfico sino político.
Jürgen Habermas fue el filósofo y sociólogo que no se rindió ante el pesimismo. Heredero de la Escuela de Fráncfort, creció intelectualmente en la sombra de Adorno, pensador que habían visto en la razón moderna no solo una promesa de emancipación sino también el germen de Auschwitz. Habermas tomó ese diagnóstico sombrío y lo sometió a una corrección radical: si la razón había contribuido a la catástrofe, pensaba, no era porque estuviera condenada, sino porque había sido reducida a un instrumento. Había que repensarla de otro modo: no como técnica de dominio, sino como capacidad de entendimiento entre sujetos.
De esa intuición nació su gran proyecto filosófico: la teoría de la acción comunicativa. La idea es tan simple en su formulación como exigente en sus consecuencias. Cuando los seres humanos hablan para entenderse -no para manipular ni para vencer- activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o a la de la burocracia del Estado. Una racionalidad que propone en lugar de imponer, que escucha en lugar de silenciar y que funda su legitimidad no en el poder de quien habla sino en la fuerza del mejor argumento.
De ese principio, Habermas, extrajo una teoría de la democracia, una filosofía del derecho y una defensa del proyecto europeo como el experimento político más avanzado de la historia: la apuesta de que es posible construir orden sin soberano y legitimidad sin espada. Pero, como se señaló desde la teoría feminista, también era un proyecto con puntos ciegos: su ideal de imparcialidad tendía a expulsar del espacio público precisamente aquello que no encajaba en el molde de la razón desapasionada. Pero era un proyecto. Tenía horizonte. Creía que el mundo podía ser mejor mediante la palabra.
Habermas construyó toda su obra sobre un supuesto, que existe un espacio público donde los argumentos pueden competir en condiciones de igualdad y que el mejor argumento tiene posibilidades de ganar. Ese supuesto no era ingenuo. Sabía que el capitalismo lo erosionaba, que los medios lo podían distorsionar, y que el poder lo podía colonizar. Lo diagnosticó en 1962 con una lucidez extraordinaria, pero el diagnóstico de 1962 describía una degradación. Lo que tenemos hoy es algo cualitativamente distinto: no la colonización del espacio público sino su sustitución.
La teoría de la acción comunicativa no tenía herramientas para pensar un mundo en el que el espacio del debate deja de ser corrompido y pasa a ser privatizado, y en el que la manipulación no se ejerce sobre los argumentos sino sobre la arquitectura misma del debate. Eso es una limitación real y hay que decirlo. Aunque la pregunta que animaba todo su proyecto, ¿puede la razón ser el fundamento de la democracia?, es hoy más urgente que nunca. Precisamente porque ya nadie la defiende con rigor y se ha vuelto incómoda, ingenua, pasada de moda.
Perder a Habermas no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena. En un momento en que los oráculos de Silicon Valley han ocupado el lugar del intelectual público, y los líderes europeos abandonan el orden normativo como quien se quita un abrigo que ya no calienta, lo que se va con Habermas no es solo un filósofo, sino la última gran voz que insistió, sin ingenuidad y sin rendirse, en que el poder necesita justificarse ante la razón. Y no al revés.

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