Llegué por el dolor a la alegría. José Hierro.
Lunes, primero de marzo.
Las cigüeñas han venido a velarme esta semana. Su estática posición, lo esbelto de su figura en prolongación del pináculo, el contraste de su blanco y negro con el cielo detrás. Ahí estás, me digo. Entre Juana de Arco y Carlos Marx, me canto. Inquebrantable, despampanante. Entre la princesa Leia y Silvia Plath. Ahí estás. Y vuelvo a mis quehaceres, tan entretenidos. También he estado en Madrid, de paso rápido y con la mejor conversación de la semana. Qué gusto poder expresarse desde donde una es y sentirse escuchada, saberse vista. Sin juicio estúpido, sin filtros. Y con no mucho que decir. Gracias, Laura y Javi, por la conexión. Y a mi querido José Luis, por Manuel Vilas. Nos debemos un libro entre tú y yo. El broche de la semana, al final, veinticuatro horas con mi hermano. Volver a celebrar a mi padre, celebrarlos a los dos, encontrar unos zapatos. Y regresar a casa en paz. Salir a caminar temprano y poner atención a todo, menos a los sonidos humanos: coches, palabra, los propios pensares, los pasos, la mirada ruidosa sobre los otros… Si eres capaz de hacerlo, aparece el caudal imperturbable del río, que acompaña, el viento a ratos; el canto de un pájaro, de otro, de otros, los nidos en las copas, dos narcisos amarillos… Cada cosa en su lugar, llena de vida. Cada mañana. Cada día.
Fragmento de Alegría, de Manuel Vilas
Creo que fue la primera vez que contemplaba la hermosura de la existencia humana, vi qué era existir, vi que yo existía, vi el viento, las nubes, los árboles, los vi existir a todos. Vi cómo las piedras, los caminos, las aguas de los ríos existían. Y ocurrió allí, en ese sitio y en ese tiempo. Fue también cuando tuve conciencia de que era un ser humano, de que yo tenía un alma, un cuerpo, un destino. (…) La gente trabaja y paga, y pasado el tiempo, entrada ya la cincuentena, la gente ya no sabe ni por qué trabaja ni por qué paga. Ya solo quieres alguna forma de paz, alguna manera de estar tranquilo, alguna forma de silencio. Compruebo todos los días mi saldo bancario, me dice ese saldo que sigo existiendo. Cuando Ava murió, dejó un saldo de unos cuatrocientos euros. Pienso mucho en esos cuatrocientos euros, porque podría haberlos usado en algún capricho último. Podría haberme invitado a cenar, y como yo entonces bebía, nos podríamos haber bebido un vino de cien euros. Podríamos haber bebido champán francés y haber comido ostras. (…) He visto miles de pactos diferentes que la gente hace con la destrucción. Unos seres humanos pactan de una manera, otros de otra. La mayoría pacta destrucciones más o menos largas, que ocurren en plazos de unos treinta o cuarenta años. Y a eso la gente lo llama vivir, y es mucho. Las hipotecas con que la gente paga las casas que se compra están hechas con una extensión temporal a imagen y semejanza de la destrucción de la vida. Esa semejanza entre el tiempo que dura una hipoteca y el tiempo que dura la destrucción de tu cuerpo es casi poesía, una forma de armonía del capitalismo. Es un gran hallazgo de los bancos. Una gran simbología entre existencia e hipoteca. Una conquista de la civilización. Mis padres no compraron ningún piso ni pidieron jamás una hipoteca. Yo los bendigo por eso.


