Dignidad. Por Juan Gaitán

El hombre caminaba descalzado. El clima del sur es amigable casi siempre y a estas alturas del otoño todavía se puede ir ligero de ropa por la calle a mediodía. Pero ir descalzo no es una cuestión de temperatura, nunca es una cuestión de temperatura.

El pueblo donde mi infancia sigue jugando entre las viñas y la marea baja, en la plaza donde descubrí el silencio, está a punto de morir de éxito, apabullado por hordas de turistas en busca de la foto que subir a sus redes sociales, pero logré sentarme a almorzar en uno de los restaurantes que siempre fueron acogedores y que ahora, como se han puestos de moda, te obligan a guardar cola para conseguir una mesa.

A veces cuesta escribir de la vida porque la vida a veces es una cuesta arriba que cuesta mucho subir. Tanto, que algunos tropiezan, la bajan de cabeza y no saben ya cómo remontar. Quizás era el caso de este hombre. De una edad indefinida que podría ser cualquiera entre los cincuenta y los setenta años, con todas las trazas del yonqui que ha tocado fondo hace muchísimo tiempo. Unos vaqueros destrozados, una camiseta que un día fue verde, y los pies descalzos. Llega a la cola donde la gente espera para que les permitan comer y se la salta, como si no la viera. Se acerca a unos de los camareros y le dice algo. Al poco le traen un plato con algo de comida. No mucha, pero acaso suficiente. Se les ve, en los gestos, que es un rito cotidiano.

El tipo se aparta pero vuelve de inmediato. Reclama un tenedor, que no le han puesto. El camarero se lo niega. «¿Pero me lo voy a comer con las manos?». Ni le contestan. Repite la frase un poco más alto pero nadie le hace caso, ni lo miran. Empieza a peregrinar entre las mesas hasta que recala en la mía. Observa que he terminado y me dice que le dé mi tenedor insistiendo en que «no me lo voy a comer con las manos». Nos miramos. Le argumento que está usado, y el tipo concluye: «eso no me importa, pero no me lo voy a comer con las manos», y sin esperar más, lo agarra y se lo lleva.

Esto pasó hace ya una semana, pero sigo acordándome casi a diario de ese hombre, hundido hasta el fondo, que aún así reclamaba el último retal de la dignidad humana, no comer con las manos, poder usar un cubierto. Y sigo intentando sacar de todo eso algo en claro. Quizás, desde una perspectiva un tanto simbólica, que no me gusta ver a un presidente del gobierno andar descalzo y dispuesto a comer con las manos con tal de seguir comiendo.

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