En la lucha por una salud mental digna en Tarifa en particular y el campo de Gibraltar en general, no se puede ignorar una verdad incómoda: la enfermedad no golpea a todos por igual. Existe una diferencia invisible pero peligrosa entre cómo vive este proceso un hombre y cómo lo vive una mujer.
La mujer a menudo se enfrenta a un juicio social implacable. Se espera que sea el pilar de la casa, y cuando la mente dice «basta», se la suele etiquetar con ligereza. El riesgo aquí es el aislamiento y la carga de una culpa que no le pertenece, mientras sostiene un entorno que se desploma sin apoyos públicos suficientes. Pero hay una sombra aún más oscura: la vulnerabilidad que genera la falta de salud mental expone a las mujeres a situaciones de abuso. En su momento de mayor fragilidad, muchas se convierten en víctimas de abusos sexuales y maltratos, siendo blanco de quienes se aprovechan de una mente que está librando su propia batalla interna.
El hombre, por el contrario, suele ser víctima del muro del silencio. El estigma de la «debilidad» hace que muchos callen su dolor hasta que es demasiado tarde. El peligro en el hombre es la sombra de la desesperación que no se comunica, aumentando el riesgo de conductas autodestructivas por la falta de espacios donde ser escuchado sin juicios.
Se requiere una sanidad que entienda estas connotaciones. Los pacientes no son números en una lista de espera; son personas con realidades distintas. Ignorar estas diferencias es ignorar el peligro que conllevan.
¡Oh, yeah! Por una justicia mental que vea la realidad.



