Polvo eres (Gen 3:19)
Lunes, 23 de febrero.
Me escribió Santiago el miércoles y aún sin caer en que era de ceniza, el mensaje fue pertinente. Polvo enamorado. Terminé el trabajo, habité el silencio. La ausencia de palabrería permite escuchar mejor, comprobé, así que no empecé a hablar hasta bien entrada la tarde, y lo primero que dije fue «cállate por favor». Contemplé el cielo largo rato. Atendí a su información, igual que me pasó con el río. Las nubes abrían espacios por donde se colaba la luz, y la enrededadera me mostró su sangre, su efervescencia vital, las venas igual que las nuestras. El mensaje fue claro y preciso: La tarea con esta Vida, el quehacer, de por aquí es devolverle lo que nos da. Ese es el compromiso. Tenerlo presente y dar pasos para dejar la cuenta saldada, eso es todo… y entonces pregunté por mis hijos. ¿Se los di yo? ¿Me los ofreció ella?
Enseguida entendí: Conciencia de la polaridad. Empuje y tracción, izquierda y derecha, masculino y femenino, recibir y dar. Opuestos interdependientes, así es, y así era (antes de la separación) y así será.
Luego todo estaba tan rico, la cerveza fría, la cecina, el queso, el ajo negro, la trufa… La palabra, si aparecía, lo hacía solamente como expresión de certeza.
Una nueva percepción, me digo hoy, la verdadera. La de un mundo impecable.
Y respiro tranquila.
La Función Política del Artista
Isabel Coixet, 21 de febrero 2026
Nosotros, los que habitamos el territorio frágil de lo imaginado, los que construimos mundos donde la verdad cabe sin permiso, somos políticos. No de tribuna ni de eslogan, no de la comunicación que aplasta, que ensordece, que destierra el pensamiento bajo las capas del ruido, sino políticos del cuerpo, de la calle, de la noche compartida, de la página que respira donde el poder no llega a censurar los sueños.
Vivimos tiempos que crujen. El suelo se mueve bajo los pies y hay quienes bailan sobre él como si el temblor fuera música suya, como si el miedo ajeno fuera combustible para su nombre. Los viejos muros caen pero no siempre cae lo que debiera: tantas veces es la casa del débil la primera en desmoronarse. A veces es la voz pequeña la que se pierde primero en el estruendo
Vivimos tiempos que exigen no mirar hacia otro lado, no refugiarse en la belleza como quien cierra las ventanas para no oír la lluvia. Mirarla hasta que duela.
Y entonces (aquí está la paradoja luminosa, la obligación que no pesa sino que eleva) estar con los que menos tienen no es sacrificio: es júbilo. Es el único sitio donde el arte respira verdad, donde la palabra recupera eso, donde la ficción deja de ser adorno y se vuelve escudo, testimonio, compañía.
Con los vulnerables aprendemos lo que nos importa. Con las víctimas de Palestina, de Sudán, de Ucrania, de Irán, del rellano de enfrente de nuestra escalera recordamos por qué escribimos, por qué pintamos, por qué filmamos, por qué subimos a un escenario en lugar de callarnos. No somos sus salvadores, cuidado con esta trampa, somos sus contemporáneos vecinos, a veces sus voces prestadas cuando la propia ha sido silenciada.
Hacemos un oficio extraño: vivir doble, ser uno mismo y ser todos, sin por eso volvernos semidioses de papel hambrientos de reflejo. Somos ordinarios. Tenemos miedo. Dudamos. Y desde esta duda, desde esa grieta por donde entra la luz, hacemos.
Y hacer es ya un acto de resistencia, una forma de decir que la barbarie no tiene la última palabra, que el arte no adorna el mundo, lo discute, lo incomoda, lo acompaña en su dolor, lo salva, a veces, sin que nadie lo sepa.
Vergüenza para los que confunden el escenario con el trono.
Gloria para los que bajan de él y se sientan entre los que tiemblan, y les agarran la mano con respeto y con delicadeza.


