Dios mío, concédeme que me convierta en nada. Simone Weil.
Lunes, trece de abril.
Mi hijo cumple veinte años y, de alguna forma, yo también. Era jueves santo aquel día. Hoy no dejo de latir. Las contracciones del parto de entonces han subido al corazón, y aunque puedo ver al personaje en su enganche a la melancolía, hoy me dejo. Me rindo. Me entrego a lo que tenga que llegar. Y sin voluntad siquiera, suelto. Observo que hoy no hay pelea, ni dudas, ni miedo que valga, ni rabia. ¿Por qué lloro entonces? No sé. ¿Tristeza? Tal vez. El desierto del alivio antes de encontrar la alegría. De ahí a la compasión solo hay un paso. Cruzo las manos, enciendo una vela. Me abrazo. Habitar la ternura, la humildad y el perdón mutuo nos deja varados en la orilla de este mundo. No hay tabla de salvación para el ego. Naufraga y comienza a hundirse. Y eso duele, molesta, produce retortijones. Hacemos agua por todos lados. Comenzamos a convertirnos en nada. ¿Será un virus? preguntas entonces. El del corazón abierto, te digo. El de ir sin protección, a pelo, y que venga lo que Dios quiera. Como hace veinte años. Y lo que vino. Entonces a ti te entra el miedo, pero no hay hueco en el viaje, y en el mapa leemos Pá lante, y llegamos al almuerzo de las chicas en el césped. Manuel muere de vergüenza. Nosotros casi de risa. Marcela es el femenino del patrón de una ciudad donde, fíjate tú por dónde, la vida nos vuelve a juntar. El Universo, mi amor, no da puntada sin hilo y se necesita mucha humildad para saber que no somos más que una parte del tejido. Poco o nada más que hacer. Estar en paz. Por muchas vueltas que demos, todos buscamos lo mismo.
Alcanzar una contemplación pura en la que dejemos de inmiscuirnos. Para ello se requiere un crecimiento extremo de la atención, de manera que el yo acabe siendo absorbido por esa atención: «Ver un paisaje tal y como es cuando yo no estoy en él. Cuando estoy en cualquier lugar, contamino la quietud del cielo y de la tierra con mi respiración y con el latido de mi corazón». La contaminación se refiere aquí al hecho de que ejercemos poder sobre lo que vemos: «Lo bello es lo que no puedo querer cambiar. Tener poder sobre algo es contaminarlo. Poseer es contaminar.» Nos apoderamos de las cosas para satisfacer nuestros objetivos y necesidades y, al hacerlo, las contaminamos, les arrebatamos la belleza. La voluntad de apropiación destruye la belleza. Solo si nos desprendemos por completo del yo se nos manifestará la realidad auténtica. Cualquier apego distorsiona la realidad. Al retirarme, al retraerme, al romper con las cosas, les devuelvo su realidad no distorsionada, les devuelvo su belleza. La descreación redime a la creación. «La humildad es inevitable cuando sabemos que nosotros mismos no estamos seguros del futuro. Solo alcanzamos la solidez cuando abandonamos el yo, cambiante y sometido al tiempo». En la descreación, el yo desaparece para participar en la verdadera creación. La obediencia a Dios se diferencia de la obediencia de un siervo a su amo, porque cuanto más sumiso es el siervo, más se agranda la brecha, y el desequilibrio de ser y poder que existe. En cambio, Dios no da órdenes, no es autoritario. Dios es amor, y quien obedece a Dios, quien entrega su yo por amor a Dios, pasa a ser él mismo divino. La humildad en la espera nos asemeja a Dios, y por amor a Dios nos vaciamos. Pero ese vacío se colma con la luz divina. Quien renuncia a su yo por Dios, quien se descrea, se vuelve tan transparente como el límpido cristal de la ventana por donde penetra, a raudales y sin trabas, la luz de Dios.
Sobre Diosº
Byung-Chul Han y Simone Weil



