«Populismo». Por Ángel Luís Jiménez

La palabra “Populismo” se ha puesto muy de moda. Populismo, según la RAE, significa tendencia política que pretende atraerse a las clases populares, pero hoy día implica cosas distintas según quien la emplea y quien la lee o escucha.

Para algunos se trata de llevar la democracia más allá de los límites de la vigente democracia representativa, para otros, es simplemente sinónimo de fascismo.

El término “populismo” funciona como sinónimo aproximado de expresiones tales como “extrema derecha”, “derecha autoritaria”, “derecha reaccionaria” … O como ya he señalado de “fascismo”.

Fascismo y populismo son compatibles porque ambos recurren a prácticas referendarias o de democracia directa, con un trastocamiento radical de la sociedad y de la democracia.

La realidad es que el populismo es una plaga que actualmente carcome gravemente buena parte de las democracias occidentales enfrentando o confrontando a las personas en lugar de unirlas.

En Europa esos partidos fascistas forman ya parte del paisaje, porque elección tras elección han ido rompiendo los candados que les cerraban las puertas a los foros de decisión. Gobiernan en Italia, Hungría, Finlandia y Eslovaquia, y sostienen el Ejecutivo en Suecia. Fatalmente, ya no parece tan descabellado que puedan gobernar.

La mezcla de la frustración por los efectos adversos de la globalización, la mala gestión de la crisis económica y el advenimiento de las redes sociales ha dado alas a las fuerzas populistas en Europa y en el mundo.

Estas promueven una polarización de las sociedades que dificulta la búsqueda de consensos democráticos, sobre todo cuando defienden que se puede tener un futuro volviendo al pasado. El populismo es la fuerza del no con la historia.

Por otro lado, en España nos encontramos con la atípica forma de comunicarse con los ciudadanos del presidente del Gobierno, a través de una carta, que encaja como un guante en la práctica populista de eliminar toda mediación entre líder y pueblo.

En un sistema parlamentario no se elige al jefe del Ejecutivo de forma directa, sino que lo elige el Parlamento, y es ante él donde hay que rendir cuentas (además de ante el propio partido, claro).

Sin embargo, aunque el presidente haya acertado en su diagnóstico sobre el problema de la desinformación en este país, no basta. La política está para resolver confrontaciones, y ni siquiera hemos visto un esbozo de sus planes para rebajar la toxicidad existente.

Pero volviendo a la ineficacia, o incluso a la parálisis decisoria de las democracias, se ha convertido en un gran problema que los populistas de extrema derecha jueguen con el estomago y el miedo de la gente apuntando a la inmigración como un peligro para la supervivencia de la Nación, cuando es justamente lo contrario. Y es que, si la gente no entiende las cosas, ganan los populistas con su brocha gorda y demagogia.

Algunas de las características más importantes del populismo son ocultar sus objetivos, conformar insidiosamente las mentes de los ciudadanos y la ausencia de un centro definible del poder, un poder en definitiva “difuso” que consiguen disfrazar muy inteligentemente, y que, por supuesto, está al servicio de las elites y del capital.

Al populismo le interesa hablar de pobreza, porque cuanta más marginación y pobreza, más enfado y crispación. Y cuando a la gente solo le queda la rabia, surge la protesta que el fascismo canaliza para destruir la democracia con un discurso de ley y orden, en gran medida vinculado al migratorio, con el intento de asociar inseguridad e inmigración.

La historia se repite en España y Europa, lo comprobaremos en las próximas elecciones europeas, cruciales para el futuro de la Unión, del 6 al 9 de junio. Posiblemente tendremos una Eurocámara con una gran representación euro escéptica y más polarizada, que ralentizará la transición verde, las normas comunitarias sobre el Estado de derecho y abonará el camino para políticas todavía más restrictivas en materia migratoria. Pero, estamos a tiempo. Los demócratas debemos poner límites a esa rabia y negatividad con más calidad democrática, más transparencia e información y más derechos sociales. No hay otra.

Un comentario

  1. El recientemente tiroteado primer ministro de Eslovaquia que usted califica como populista es de izquierdas. Un ejemplo emblemático de populismo es Hugo Chavez, que también es de izquierdas. Pretender asociar el populismo exclusivamente con la extrema derecha demuestra un sesgo ideológico del tamaño del Taj Mahal.
    En un sistema parlamentario al ejecutivo lo elige el parlamento, efectivamente, pero en un sistema parlamentario a los diputados se les elige de manera directa y uninominal por distrito, tal y como sucede en Reino Unido (cuna del parlamentarismo), y no mediante listas de partidos, como sucede en España. Cuando los diputados son elegidos directamente por los ciudadanos éstos trabajan y responden ante los ciudadanos, cuando son puestos a dedo mediante listas de partido por el jefe del partido, ya no trabajan para los ciudadanos, si no para el jefe del partido. Uno es de quién le paga… El supuesto parlamentarismo que tenemos en España es una estafa porque los diputados son empleados de los jefes de los partidos. Le desafío a que diga el nombre del diputado que le representa directamente a usted en el parlamento… obviamente ni idea, porque en España no existe la representación política, es una estafa, y quién a estas alturas siga sin entenderlo que estudio un poco más en lugar de seguir escuchando propaganda ideológica sobre inmigración, cambio climático y demás lindezas…

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