La vivienda en Tarifa: montar y desmontar la vida

Es la foto del día, que nos sirve de metáfora… Vivir en Tarifa se parece cada vez más a acampar. No porque falte belleza —sobra— sino porque falta estabilidad. La tienda representa lo temporal convertido en permanente: gente que trabaja aquí todo el año, que cuida el territorio, que sostiene la economía local, pero que vive con la sensación de que su casa puede desaparecer en cualquier momento. Contratos cortos, alquileres de invierno que expulsan en verano, precios que suben como si el paisaje pagara las facturas.

Alrededor de la tienda hay espacio de sobra, pero no es un espacio habitable. Como en Tarifa: hay casas, hay apartamentos, hay segundas residencias… pero no hay vivienda accesible. El suelo parece abierto y libre, pero en realidad está lleno de límites invisibles. No puedes construir, no puedes alquilar, no puedes quedarte. La naturaleza es generosa; el mercado, no tanto.

El mar, al fondo, sigue siendo el mismo de siempre. Indiferente. Tarifa vende libertad, viento, horizonte. Pero para muchos, esa libertad se queda en el paisaje, no entra en casa. ¿Cómo echar raíces cuando todo invita a vivir de paso? ¿Cómo construir comunidad cuando la vivienda te obliga a desmontar la tienda cada pocos meses?

La tienda de campaña no debería ser un símbolo de adaptación heroica, sino una señal de alarma. Porque una ciudad que obliga a su gente a vivir provisionalmente acaba volviéndose también provisional: sin memoria, sin continuidad, sin futuro compartido. Tarifa no necesita más postales; necesita casas donde la gente pueda quedarse cuando se vayan las nubes.

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