Tarifa y la renuncia colectiva a cambiar de rumbo

La foto del día muestra dos caminos. Uno de tierra, irregular, que se pierde entre charcos y huellas confusas. Otro elevado, de madera, recto, construido para no dañar lo frágil que lo rodea. Ambos avanzan hacia el mismo horizonte, pero no exigen la misma voluntad. Tarifa, hoy, también camina así: sabiendo cuál es el sendero correcto, pero empeñada en pisar el más fácil, el más cómodo, el que no obliga a levantar la mirada.

La voluntad humana tiene una extraña capacidad para reconocer el error y, aun así, persistir en él. No por maldad abierta, sino por cansancio moral. Por seguidismo. Por conveniencia. Por esa desidia suave que anestesia la conciencia y convierte lo injusto en rutina. En Tarifa, demasiadas decisiones se toman así: no porque se crean justas, sino porque enfrentarlas supondría un esfuerzo que muchos ya no están dispuestos a hacer.

Esta semana lo vemos con claridad dolorosa en el pucherazo anunciado en la Federación de Empresarios. Es de dominio público. Se sabe. Se comenta. No hay sorpresa. Y sin embargo, ocurre. Unos pocos vuelven a apropiarse de un espacio que debería ser de todos, transformándolo en su cortijo privado, mientras la mayoría observa desde la orilla, convencida de que nada puede cambiarse.

La tristeza no nace solo del abuso, sino del silencio que lo rodea. De la normalización del atropello. De esa pasarela de madera que nadie quiere cruzar porque obliga a elevarse, a exponerse, a dejar huellas visibles. Es más fácil seguir por el barro, aunque ensucie, aunque erosione, aunque acabe destruyendo el paisaje común.

Tarifa no carece de gente lúcida. Al contrario. Hay muchas personas que ven con claridad que el camino de tierra no lleva a buen puerto. Pero ver no basta. La voluntad se oxida cuando no se usa, y poco a poco se acepta que otros decidan, que otros manden, que otros se queden con lo que es de todos.

Esta imagen es una metáfora triste pero aún esperanzadora. El camino elevado sigue ahí. No está roto. No está cerrado. Solo espera que alguien decida subirse a él. Cambiar de rumbo siempre incomoda, pero seguir avanzando por inercia hacia el caos termina siendo mucho más caro.

Tarifa aún puede elegir. Lo verdaderamente trágico sería no hacerlo, no por ignorancia, sino por pura renuncia.

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