La historia de Tarifa no se entiende sin el viento… ni sin la lluvia. Aunque el imaginario colectivo asocia a la ciudad con el levante y el poniente, hay episodios en los que el agua ha marcado a fuego la memoria local. El más recordado es, sin duda, la riada de 1970, un suceso que transformó calles, hogares y conciencias. es la foto del día.

1970: cuando el cielo no dio tregua
A finales de aquel año, lluvias persistentes y muy intensas descargaron sobre la comarca. El casco urbano de Tarifa, encajado entre laderas y cauces naturales hoy casi invisibles, no pudo absorber tal volumen de agua. Arroyos y correntías se desbordaron, las calles se convirtieron en ríos improvisados y numerosos bajos y viviendas quedaron anegados. Hubo pérdidas materiales importantes y, sobre todo, una sensación compartida de vulnerabilidad ante una naturaleza que recordaba su fuerza.
La riada evidenció problemas estructurales: drenajes insuficientes, ocupación de cauces y una planificación urbana que no siempre había tenido en cuenta el comportamiento histórico del agua. Aquella lección impulsó mejoras posteriores en infraestructuras y conciencia ciudadana, aunque el riesgo nunca desapareció del todo.

Diario de Cádiz
Tarifa y la lluvia: una relación intermitente, pero intensa
Tarifa no es una ciudad especialmente lluviosa en el cómputo anual, pero cuando llueve, puede hacerlo con violencia. La cercanía al Estrecho favorece situaciones meteorológicas complejas: frentes atlánticos, entradas de aire húmedo y episodios de lluvias concentradas en poco tiempo. En esos momentos, la orografía y el trazado urbano vuelven a jugar un papel decisivo.
Con los años, nuevas lluvias intensas han reavivado el recuerdo de 1970. Cada aviso meteorológico serio despierta comparaciones inevitables y una pregunta latente: ¿estamos mejor preparados?
Mirando al cielo: la llegada de la borrasca Lorenzo
Ahora, con la llegada de la borrasca Lorenzo, Tarifa vuelve a mirar al cielo con respeto. La memoria colectiva actúa como un sistema de alerta temprana: se limpian desagües, se revisan zonas sensibles y se pide prudencia. No se trata de alarmismo, sino de memoria aplicada. La riada de 1970 enseñó que el agua encuentra siempre su camino y que la prevención es la mejor defensa.


