Hay tardes que no se olvidan. Tardes en las que un pueblo entero se reconoce en sus raíces, en su fe y en su historia compartida. Así ha sido este Lunes Santo en Tarifa, donde la Hermandad de la Oración en el Huerto y la Virgen del Rosario ha celebrado su 75 aniversario arropada por el cariño de su gente.
Desde mucho antes de la hora señalada, las puertas de San Mateo ya respiraban expectación. Familias, vecinos, cofrades y visitantes se congregaban sabiendo que no era un día cualquiera. A las 19:30, con la solemnidad que merece la ocasión, se abrían las puertas del templo y comenzaba a escribirse una nueva página en la historia de la hermandad.
El paso de la Oración en el Huerto fue el primero en encontrarse con la calle. Lo hizo con esa mezcla de silencio y emoción que sobrecoge, avanzando firme mientras las miradas se alzaban hacia un Cristo que, arrodillado, eleva su oración al cielo en un instante de profunda humanidad. Minutos después, la Virgen del Rosario seguía sus pasos, envolviendo el recorrido en dulzura, elegancia y devoción.
Pero este año, cada paso tenía un peso especial. Setenta y cinco años no son solo una cifra: son generaciones, promesas, recuerdos y fe transmitida de padres a hijos. Aunque la hermandad fue fundada en 1951, la devoción al Huerto en Tarifa hunde sus raíces siglos atrás, conectando el presente con una tradición que ha sabido mantenerse viva en el tiempo.
La imagen del Cristo, obra de Jaime Babío, representa ese instante íntimo en el Huerto de Getsemaní en el que Jesús, lejos de dialogar, es confortado mientras reza. Una escena que, en su silencio, dice mucho más que cualquier palabra. Y que este Lunes Santo, en su aniversario, parecía hablarle directamente a todo un pueblo.
Las calles del casco histórico se convirtieron en un escenario de respeto, emoción contenida y orgullo compartido. Porque más allá de la estética o la tradición, lo que se vivió fue algo más profundo: el sentimiento de pertenecer, de formar parte de algo que trasciende el tiempo.
Tarifa no solo acompañó a su hermandad. La abrazó.
Y en ese abrazo, en cada mirada, en cada aplauso contenido, quedó claro que el Huerto no camina solo. Camina con la historia de su gente… y con todo un pueblo detrás.



