Hay un momento en el que un corte de luz deja de ser una incidencia y empieza a convertirse en un problema de territorio. En Bolonia parece que ese momento ya ha llegado.
El comentario publicado por una vecina bajo El Comentario del Día resume un sentimiento que se repite entre residentes y empresarios de la zona: “Hay un grupo de vecinos y vecinas —usuarios particulares y propietarios de negocios— que hemos presentado varias quejas a las empresas de suministros, pero no parece haber tenido mucho éxito. Esperemos que en algún momento se solucione”.
Y el problema no parece haber quedado ahí. Esta semana se han vuelto a registrar nuevas incidencias en el suministro eléctrico de Bolonia, en plena temporada alta y cuando cualquier negocio de la zona necesita precisamente lo contrario: estabilidad.
Hace apenas unos días, el problema ya había adquirido dimensiones preocupantes. Bolonia sufrió por tercer sábado consecutivo una incidencia eléctrica que dejó a la zona durante horas sin una de sus fases, afectando a establecimientos y usuarios en uno de los momentos de mayor actividad del verano. Los empresarios denunciaban entonces que la situación se estaba convirtiendo en una auténtica lotería y que se sentían “huérfanos” de representación, tanto municipal como de asociación de empresarios.
Y esa palabra, huérfanos, quizá sea la que mejor explica lo que está ocurriendo.
Porque Bolonia no es solamente una playa. Es un núcleo habitado, una zona turística, un espacio donde trabajan familias y pequeños empresarios que dependen de unas pocas semanas de temporada para sostener buena parte del año. Un restaurante sin electricidad no puede funcionar con normalidad. Un alojamiento no puede ofrecer el servicio que cobra. Un comercio no puede trabajar. Y un vecino no debería tener que preguntarse cuándo volverá a tener un suministro básico.
Lo preocupante ya no es únicamente que falle la luz. Lo preocupante es la sensación de que nadie parece asumir la responsabilidad de encontrar una solución definitiva.
Los afectados llevan tiempo reclamando respuestas a la compañía distribuidora. Y algunos aseguran que la comunicación con Endesa se ha convertido también en otro problema, con dificultades para obtener respuestas claras ante unas incidencias que se repiten. La propia compañía distingue entre cortes programados, averías y problemas de suministro, pero en Bolonia la cuestión que plantean los afectados es mucho más sencilla: ¿cuándo se va a solucionar definitivamente el problema?
Y aquí aparece la otra parte de la historia: la representación institucional.
Los vecinos y empresarios no solo necesitan que una compañía eléctrica repare una avería. Necesitan que alguien se siente con ella, recopile las incidencias, exija explicaciones, reclame inversiones y defienda los intereses de quienes viven y trabajan allí.
Porque si los empresarios tienen que organizar campañas, recoger firmas o plantearse movilizaciones para conseguir que su problema sea escuchado, algo está fallando mucho antes de llegar a ese punto.
Bolonia tiene un problema eléctrico, sí. Pero empieza a tener también un problema de abandono.
Una zona que cada verano recibe miles de visitantes no puede funcionar con una infraestructura que parece no estar preparada para soportar su propia actividad. Y mucho menos puede asumir como normal que los cortes se repitan una y otra vez mientras vecinos y comerciantes esperan una solución que no llega.
Bolonia no debería tener que gritar para ser escuchada. Tiene vecinos. Tiene empresarios. Tiene trabajadores. Tiene uno de los grandes iconos turísticos del municipio. Y tiene derecho a algo tan sencillo como que, cuando enciendan la luz, la luz se encienda.
Quizá el verdadero problema sea precisamente ese: que mientras unos esperan que vuelva la electricidad, otros siguen esperando que alguien se haga cargo.
Bolonia está huérfana. Y ya va siendo hora de que alguien la adopte.



