Existe una idea bastante extendida —y no siempre justa— sobre el turismo de autocaravanas: que “no deja dinero”. Pero la realidad es más compleja, y conviene mirarla con algo más de perspectiva.
Es cierto que no hablamos de un perfil de gasto alto en términos tradicionales. No ocupan hoteles, no consumen paquetes turísticos y, en muchos casos, optimizan bastante sus recursos. Pero eso no significa que no aporten valor económico. Lo que ocurre es que su forma de gastar es distinta.
El viajero en autocaravana consume territorio. Compra en supermercados, desayuna en bares, llena depósitos de combustible, paga por servicios básicos y, cada vez más, busca experiencias locales. No concentra el gasto en grandes establecimientos, sino que lo reparte. Y eso, en muchos destinos, es incluso más interesante.
Además, hay un factor que suele pasarse por alto: la constancia. Este tipo de turismo no entiende tanto de temporadas altas y bajas. Viaja en otoño, en invierno, entre semana. Mantiene vivo el pulso económico cuando otros flujos desaparecen.
Ahora bien, tampoco se trata de idealizarlo. Sin una buena regulación y sin infraestructuras adecuadas, puede generar tensiones: ocupación de espacios, convivencia con residentes, impacto en zonas sensibles. Pero ese no es un problema del turista en sí, sino de cómo se gestiona su presencia.
La clave está en entenderlo, no en rechazarlo. En ordenarlo, no en ignorarlo.
Porque quizás la pregunta no sea cuánto gasta el turismo de autocaravanas, sino cómo queremos que ese gasto encaje en el modelo de ciudad o de destino que buscamos.
En España, distintos estudios coinciden en que una autocaravana gasta entre 90 y 170 euros al día, dependiendo del destino, la época del año y el perfil del viajero. Si se desglosa por persona, esta cifra suele situarse aproximadamente entre los 40 y 55 euros diarios.
Y ahí es donde empieza el verdadero debate.



