La imagen no deja lugar a dudas. Lo que debería ser un símbolo de historia, identidad y memoria colectiva aparece hoy manchado, dañado, convertido en el reflejo de un acto tan innecesario como perjudicial. La vandalización de este monumento no es solo una agresión estética: es un ataque directo al patrimonio de todos.
Este tipo de actos, lejos de aportar nada, generan un coste que va mucho más allá de lo económico. No es solo pintura lo que habrá que limpiar, es tiempo, recursos públicos y esfuerzo lo que se destinará a reparar algo que nunca debió «romperse». Porque aquí no hay creación, no hay mensaje, no hay reivindicación: solo deterioro.
Desde el Ayuntamiento se ha hecho un llamamiento claro a la ciudadanía: denunciar estos hechos. No mirar hacia otro lado. No normalizar lo que no debe ser normal. Porque cuidar el patrimonio no es solo una tarea institucional, es una responsabilidad compartida.
“Este tipo de actos va contra todos y todas. El deterioro del patrimonio monumental de esta forma tan grotesca no beneficia a nadie porque no es invertir en crear, es invertir en reparar lo que pudo evitarse. Denunciémoslo y, por favor, cuidémoslo y cuidémonos”.
El mensaje es directo y necesario. Lo que se daña no es solo una estatua, es parte de la historia que compartimos, del espacio que habitamos y del respeto que nos debemos como comunidad.
Cuidar nuestro entorno es también cuidarnos a nosotros mismos. Y eso empieza por no justificar, no permitir y, sobre todo, no callar ante actos como este.



