Palabras de aMor en lunes. Por María Eugenia Manzano

Pusimos La ofrenda musical de Bach y la experiencia fue sobrecogedora. Bach fue toda una revelación. (Aldous Huxley)
Lunes, 26 de enero.
Sofá, jersey de cuello alto, una manta blanca. La ofrenda musical de Bach. La Ley de la gravedad abolida en favor del real decreto de la suspensión natural y una estructura corporal en transición a la plastilina, con todos los recovecos -hueco, oquedad, cavidad, agujero- abiertos en forma de poros a lo que la vida tiene para ti. Abundancia, nada menos. Nada más. Acción y decisión convertidas en voluntad. Pasar la tarde con Bach. Pero no, no es Bach. Son los violines de Bach. Las crines tensadas de los arcos de los violines de Bach frotándose contra las cuerdas invisibles, finísimas, intangibles, cruzadas y mezcladas sobre tu piel, si te dejas. Sólo tienes que soltar, pero sin querer hacerlo. Permitir que te atraviese, atravesarlo tú. ¡Fucking Bach! Que en dos horas -planeta tierra- pasen milenios, recordándonos el punto ínfimo e insignificante que somos, y que nuestra vida aquí es tan sólo una fracción, una obra de teatro. No te empeñes en gritar tratando de contar lo más grande: sólo puedes ser un reflejo, un campo de recepción, una superficie irradiante. Así que en serio, juguemos. De verdad que no es pá tanto.
Pasar la tarde con Bach es lo que tiene. De pronto empieza a sonar la celebérrima Cantata BWV 147: X y tienes la certeza absoluta de que se abre el firmamento. Hasta el más ateo se eleva al cielo y constata que Dios Nuestro Señor aparece, en ese número infinito de maneras de encontrar a Dios y de innumerables formas de describir ese descubrimiento. Así que una ve un horizonte interminable, con la ropa tendida detrás, y sabe que va hacia Él. Y que aquí está todo hecho. Constelación estelar, la obra bien vale una vida. Y el hermano Bach, ahí al fondo, saludando con la manita; con su vida doliente, atormentada, huérfano y viudo, sus veinte hijos y más de mil obras escritas, el más grande sufrimiento trascendido en belleza, recordándonos que «el objetivo final y la razón de toda música son la glorificación de Dios y el regocijo del espíritu». El regocijo del espíritu, díselo más alto, por favor, ¡que no se enteran! ¡Que ése es el objetivo! Y que si no te lo crees, pues te lo crees, y empiezas a resignificar tu trabajo. Y te enfocas en tu don (que en tu drama ya te has rebozado bastante) y lo pones al servicio, así como Bach con la música, pues lo mismo tú con lo tuyo. Y lo conviertes en tu arte.
Y aunque puedo seguir relatando todo lo que experimenté esa tarde, sin que fueran suficientes tres o cuatro lunes más, basta con que cite a Emil Cioran, que escribió «Dios no sabe cuántos creyentes le debe a Bach«. Pero es algo más que eso. Después de todo, Bach también debería saber cuántos éxtasis le debemos nosotros.


Una ralentización del tiempo, una concentración en el presente. La preocupación compulsiva normal por el futuro disminuye y uno se hace consciente de la enorme importancia e interés de lo que está ocurriendo en ese momento. El resto de las personas, que caminan por las calles a lo suyo, hasta cierto punto nos parecen locos porque no se dan cuenta de que lo único que importa en la vida es ser conscientes plenamente de lo que ocurre. Por lo tanto, uno se relaja; se permite el lujo de serenarse para examinar los colores de un vaso de agua o para escuchar la vibración plenamente articulada en ese instante de la nota que toca un oboe o canta una voz.
Desde el punto de vista pragmático de nuestra cultura, esa actitud es muy mala para los negocios. Puede llevar a la imprevisión, a la falta de perspicacia, a perder ventas y a abandonar las cuentas. Y sin embargo, es justo el correlato que le hace falta a nuestra cultura. Nadie es menos práctico en cuanto al futuro que el típico «ejecutivo de éxito», que se pasa la vida absorbido frenéticamente entre papeles con el objetivo de retirarse cómodamente a los sesenta y cinco años, cuando para entonces ya será tarde. Sólo tiene sentido que hagan planes de futuro aquellos que han cultivado el arte de vivir en el presente, porque cuando las plantas maduren ellos serán capaces de disfrutar de los resultados.
Jamás he oído a ningún clérigo urgir a su congregación a practicar esa parte del Sermón de la Montaña que comienza: «No estés ansioso por el mañana…». Lo cierto es que la gente que vive para el futuro «no está del todo ahí», como decimos de los locos, ni tampoco del todo aquí: su excesiva inquietud les hace perder perpetuamente el presente. Ganan en previsión al coste de padecer ansiedad, y cuando esa previsión es excesiva, ella misma destruye sus propias ventajas. (…) Básicamente, por tanto, no hay nada de qué preocuparse, porque tú mismo eres la energía eterna del universo jugando al escondite consigo misma, encendiéndose y apagándose. En el fondo, tú eres la divinidad porque Dios es todo lo que es. Citando a Isaías: «Yo soy el Señor, y no hay nadie más. Yo formo la luz y creo la oscuridad: hago la paz y creo el mal. Yo, el Señor, hago todas las cosas». (Isaías, 45:6-7)
Allan Watts

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