Lunes, 16 de febrero.
Hay sólo un tiempo en la vida, el único tiempo que existe. Imposible de encontrar, no se trata de buscarlo, ni de conectar pasado y futuro, pues su cometido no es ese, ni tampoco su propósito. El único tiempo que existe es este instante, y restaurarlo a la intemporalidad y al aMor, lo señalado. El aMor está siempre presente. Aquí y ahora.
Hay una rendición muy bestia cuando una suelta el control. El cambio de paradigma a la entrega. Alienarse con lo que la vida tiene para ti, y recibirlo, sin ofrecer nada a cambio, sólo recibirlo a través de quien llega, y atender a la sensación que acompaña. Obedecer al lugar donde se está hoy, y desde ahí, observar la vulnerabilidad. En silencio, externo e interno. Dejarlo estar. Espacio inflamable. No tocar. No compartirlo siquiera. No juzgar. Y volver a casa.
Hay personas que siempre vivirán cerca aunque estén a miles de kilómetros. Se dejan aparecer y una puede contar con ellas sin vergüenza y sin culpa. Sin pena, como dicen allá. Más que abrir su corazón es que parece after hours, nunca lo cierran, y una puede acudir a bailar, a compartirse, a encontrar respuesta… o a pedir ayuda. Las gracias se quedan cortas. Presencia. Abundancia. Humildad.
Hay un pueblo sevillano que se llama Gilena donde pasan cosas extraordinarias. En lugar de abrir un bar, en este tiempo de IA, los Reyes están armando una biblioteca municipal y no veas tú la que han montado. ¡Hasta camisetas de volverse Lorca! ¿Que querías ver milagros? Sólo tienes que mirar. ¿Que por dónde entra la luz? Por la grieta más pequeña. Por esos huecos oscuros de una tarde muy lluviosa, cerrada, con niebla, fría… en un mensaje de voz que te cuenta que has recibido un regalo de alguien que no esperabas.
Y entonces, porque ya lo sabes, porque ves al personaje, otras veces tan «en deuda», queriendo devolver parte… ahora ya no y ahora sueltas. Y justo cuando al fin lo haces recibes lo que la vida te trae, en calma, tranquila, sin pena. Y sigues el camino y sonríes, y el Jefito y la Jefita ahí, de la mano siempre, sin soltar la tuya, sonriéndote también. Los vuelves a mirar, y venga, que la obra está hecha, el baile sigue. Recuerda a lo que viniste. Silencio y escucha. Amén. Amen. Así Sea.
Para nada.
Poema de Ángel González
Trabajé el aire
se lo entregué al viento:
voló, se deshizo,
se volvió silencio.
Por el ancho mar,
por los altos cielos,
trabajé la nada,
realicé el esfuerzo,
perforé la luz
ahondé el misterio.
Para nada, ahora,
para nada, luego;
humo son mis obras,
cenizas mis hechos.
…Y mi corazón
que se queda en ellos.


