Este nuevo tipo de fascismo que avanza por el mundo se está haciendo a través del populismo, que no habla de fascismo, sino de libertad. ¡Cuidado!
Sobre el fascismo hay una bibliografía inmensa y la definición de fascismo es polémica. Muchos especialistas no lo circunscriben a sus manifestaciones del siglo XX, sino que lo consideran una forma genérica y posdemocrática de política que trasciende el tiempo y el espacio.
Para Robert O. Paxton, un historiador y politólogo estadounidense, destacado estudioso del fascismo, el violento asalto al Capitolio cometido el 6 de enero de 2021, alentado por Trump, fue lo que convirtió algo que, a su juicio, era un movimiento populista autoritario en fascismo propiamente dicho.
Paxton lo define muy bien en su obra Anatomía del fascismo (Ed. Española de 2019), cuando dice “El fascismo puede definirse como una forma de comportamiento político que se caracteriza por la obsesión por el declive, la humillación o el victimismo de la comunidad y el culto compensatorio a la unidad, la energía y la pureza; y en la que un partido de masas formado por militantes nacionalistas entregados, persiguen con violencia redentora y sin restricciones legales, unos objetivos de limpieza interna y expansión externa”.
Dicho esto, sobre el fascismo, Trump ha proporcionado a sus seguidores populistas autoritarios o fascistas una vía rápida para pasar de la vergüenza al orgullo. Porque cuando Trump muestra crueldad e intolerancia en sus discursos está autorizando a los demás a hacerlo también y, por consiguiente, los libera de todo sentimiento de culpa social por sus propios prejuicios.
Así que, el régimen que está consolidando Trump en Estados Unidos es puro fascismo. La retórica moldea la percepción y transmite las emociones. Y eso se ve en los jubilosos y beligerantes mítines de Trump, que son una especie de exorcismo colectivo. Los demonios internos del malestar cultural generalizado se descargan sobre algún otro muy conveniente: feministas, intelectuales, científicos, demócratas. Judíos, musulmanes, inmigrantes, gente de color. O las personas con discapacidad.
Trump dice a sus seguidores que la culpa de que se sientan mal la tienen los otros, no ellos. Porque ellos son los verdaderos estadounidenses, los blancos inocentes y asediados que han empezado a levantarse para ocupar el lugar que les corresponde en la cima de la jerarquía, tal y como dicta Dios, la naturaleza o el propio Gran Líder, proporcionando a sus seguidores una vía rápida, como he dicho, para pasar de la vergüenza al orgullo.
Los blancos estadounidenses no han perdido estatus, dice Trump, pero lo cierto es que, en los últimos tiempos, otras personas que hasta ahora no habían participado nunca en la vida política han ascendido a puestos de poder; y ellos consideran que esos ascensos los humillan, como el de Barack Obama, un presidente negro, Kamala Harris, una vicepresidenta afroasiática, e incluso Hillary Clinton, blanca, pero mujer, lo que constituyen graves afrentas contra el orden establecido.
Lo que no entendieron muchos, la prensa y los llamados “medios tradicionales”, fue que eso reconfortaba enormemente a quienes formaban parte del mundo MAGA, la abreviatura de Make America Great Again. Un eslogan utilizado en la política estadounidense y popularizado por Donald Trump en su campaña presidencial de 2016. . Pero se creyeran o no el contenido de los discursos de Trump -si los haitianos se comían a sus mascotas o no- era lo de menos.
Sin embargo, a la definición del historiador Paxton le añadiría otras palabras: el fascismo se caracteriza por el culto compensatorio a la masculinidad, la unidad, la energía y la pureza. Y lo que desean instaurar es una nación patriarcal, cristiana y blanca. Que regrese a la época de la depredación belicosa e imperial que dominó el espacio europeo y atlántico en el siglo XIX hasta 1917, aunque esta vez sea directamente en búsqueda de petróleo y tierras raras.
Aunque en MAGA empiezan a aparecer grietas. Hacerse con el poder no es lo mismo que conservarlo, y ahora tienen una guerra como la de Irán y unas elecciones como las de noviembre de este año. El presidente de Estados Unidos pulsa la cuenta atrás e insta a su partido a echar el resto para darle la vuelta a las encuestas, porque sabe que ha perdido buena parte de su crédito, y si no ganan las elecciones de mitad del mandato, hasta lo pueden destituir.
Así que hay esperanza. La esperanza puede fomentar el cambio. Pero la resistencia es fundamental y en EEUU hay un movimiento amplio y perseverante que va a seguir luchando, aunque aumenten los peligros. Pero es esencial saber a qué nos oponemos, porque nos es conservadurismo, sino fascismo. Y es un nuevo tipo de fascismo que alcanza ya al mundo entero.


