Escribo estas líneas con la urgencia de quien observa que el dolor del alma no puede esperar a un calendario que nunca llega. En este pueblo, parece que la salud mental es el «patito feo» de la sanidad, un muro invisible que separa a los ciudadanos de su dignidad.
Primero, hablemos del estigma. Quien padece un problema de salud mental en Tarifa no es un «loco», es un vecino, un hijo, una madre que lucha una batalla invisible. Basta ya de mirar hacia otro lado o de bajar la voz cuando se habla de depresión, ansiedad o brotes. El silencio solo alimenta la vergüenza, y la vergüenza impide buscar la ayuda necesaria.
Pero, ¿donde se encuentra esa ayuda en Tarifa? La realidad es desoladora: no hay psicólogos de la Seguridad Social suficientes. Si hay recursos, se paga una consulta privada; si no se tienen, hay que aguantar. Es indignante que en pleno siglo XXI la salud mental dependa de la capacidad económica de cada familia.
No se puede esperar a que alguien llegue al límite para que un especialista lo vea de urgencia. La salud mental requiere prevención y terapia constante. Se necesitan especialistas fijos en el centro de salud, no parches que vienen y van. Tarifa necesita cuidar la mente de sus ciudadanos con la misma importancia con la que cuida sus calles. Porque sin salud mental, no hay libertad ni hay pueblo.
¡Oh, yeah! Por una atención digna y sin prejuicios.



