A la vista de todos, un castillo con vistas utilizado como vivienda habitual. Hay imágenes que resumen mejor que cualquier discurso el estado real de una ciudad. Y la foto de hoy en Tarifa es una de ellas.
Es verdaderamente incomprensible que uno de los emblemas patrimoniales más visibles de Tarifa, el Castillo de Santa Catalina, permanezca ocupado y utilizado como vivienda habitual a la vista de todos, sin que aparentemente ocurra nada. Un símbolo histórico vandalizado y degradado mientras la ciudad normaliza escenas que en cualquier otro lugar provocarían un escándalo político y social inmediato.
La foto es completita, los accesos a la playa, en pleno puente de mayo sepultados por arena acumulada hasta el absurdo. Pasarelas inutilizadas, accesos difíciles y una sensación general de abandono impropia de uno de los destinos turísticos más privilegiados de Europa.
No nos cansamos de denunciar situaciones kafkianas que convierten Tarifa en un destino decadente cuando lo tiene absolutamente todo para brillar sin medida.
Y aquí es donde aparece un concepto que cada vez define mejor lo que ocurre:
el “límite de incompetencia”.
No hablamos ya únicamente de dejación de funciones, mala gestión o falta de liderazgo, hablamos de estructuras políticas y administrativas desbordadas, incapaces de atender todo lo que una ciudad como Tarifa necesita. Porque llega un punto en que acumular demasiadas áreas, demasiadas decisiones y demasiados conflictos termina provocando exactamente esto: abandono, lentitud, parálisis y castillos okupados.
En Tarifa crece la sensación de que cualquier iniciativa que represente renovación, dinamismo o una oportunidad real de transformación acaba chocando siempre con los mismos bloqueos administrativos y las mismas negativas. Y lo más llamativo es que, en muchas conversaciones ciudadanas, detrás de esas puertas cerradas termina apareciendo recurrentemente el mismo nombre.
Tarifa tiene un elefante en la habitación del que pocos quieren hablar abiertamente, pero esta foto habla sola.



