Hay imágenes que no muestran un lugar, sino una forma de vivirlo. Una fachada cualquiera. Ropa tendida. La sombra de una palmera que no vemos, pero sentimos.
Llamamos “paraíso” a lo excepcional, a lo perfecto, a lo que brilla.
Pero la vida real ocurre aquí: en lo simple, en lo repetido, en lo que casi nunca miramos dos veces.

Como ciudadanos —más allá de planes urbanos, normativas o discursos— también construimos paisaje.
No solo con lo que hacemos, sino con cómo habitamos.
Porque el entorno no es únicamente estético. Es emocional.
Una calle puede estar limpia y aun así sentirse fría.
Un barrio puede ser humilde y, sin embargo, transmitir calma, identidad y Tarifa como en esta foto.
La sombra de esa palmera transforma el muro. La luz convierte lo ordinario en algo casi poético y reflexivo.
Quizá el paraíso no sea un destino.
Quizá sea una actitud.
Y quizá empieza cuando dejamos de exigir belleza…
y empezamos a reconocerla.


