«6 toros 6». Por Javi Olmo

Que ha habido una corrida de toros en Tarifa, creo que ya todos lo sabemos a estas alturas, y también, de que hay dos bandos bien definidos ante este evento taurino.

Los unos lo defienden como tradición, cultura, fiesta nacional y afición milenaria. Los otros en cambio, lo tildan de tortura animal, asesinato, vuelta al pasado y de acto incívico.

Viendo como esta la cosa tras el acontecimiento taurino tarifeño, puedo llegar a entender en parte, a ambas partes.

A los unos, los comprendo porque entiendo que sus convicciones traídas al presente desde su más tierna infancia, arraigadas en su ser por el paso de abuelos a nietos, de padres a hijos, lo ven como tradición añeja y muestra de cultura española donde un torero, el maestro, se enfrenta con valía ante un toro bravo armado con dos pitones que matan. Es el duelo del instinto animal de envestir para matar, frente al arte de las técnicas del toreo, y al valor humano de la supervivencia con un capote como escudo, y una espada que solo ha de usarse al final, y a poder ser, una sola vez.

A los otros, los entiendo porque ven la tauromaquia como la escenografía antigua de un acontecimiento en el que se utiliza la vida de un ser vivo para el recreo y diversión de otros seres vivos, mientras lo apuntillan, banderillean y marean, en resumen, lo maltratan hasta la muerte, dentro de un recinto cerrado que no es su hábitat natural, y en el que se siente perdido, indefenso ante picadores, banderilleros y matadores de toros, además de solo y asustado. Para ellos, eso es cuanto menos grotesco que en el siglo XXI se sigan viendo escenas más típicas de la época romana, y totalmente fuera de lugar dentro de la evolución cívica humana actual.

Quiero entender a los unos y a los otros. Y llego a entenderlos créanme, aunque comparta una opción más que otra, o puede que mis gustos, que no vienen al caso, sean un equilibrio entre ambas partes.

Pero lo que nunca comprenderé ni compartiré, es que los unos y los otros pidan respeto al de enfrente, mientras insultan y menosprecian las ideas y convicciones ajenas. No se puede pedir respeto para un animal cuando a otro, le llamas palurdo, cateto, retrógrado o incluso asesino, igual que tampoco se puede pedir respeto para ti como persona humana, cuando se llama perroflauta, guarro o hyppie a aquel que no comparte tu idea, y que también es persona humana ante todo.

Los unos indican que la mayoría de antitaurinos son extranjeros, incapaces de comprender y respetar las tradiciones españolas. Los otros dicen que los taurinos son fachas de derechas retrógrados y sin sentimientos.

Como digo, hay cosas que no comparto, y estas ultimas son algunas de ellas.

Ni todos los antitaurinos son de izquierdas, perroflautas, hyppies o extranjeros intolerantes, ni todos los taurinos son de derechas, fachas, catetos, ni mucho menos asesinos.

Apelo a ese civismo del que unos presumen y exigen para el siglo XXI, y del que otros dicen tener al mantener nuestras tradiciones e identidad española. El insulto, el menosprecio, la falta de empatía con el ajeno y la radicalización de las partes, no lleva a encontrar un equilibrio necesario, posible y realimente cívico y humano.

Por todo ello, dos cositas;

1.- Hay muchas maneras de arreglar las diferencias entre los animales racionales que decimos ser.

2.- Si insultas, pierdes.

3 respuestas

  1. Comprendo lo que expresas, el respeto es importante y además es una herramienta necesaria para cambiar las cosas. Sin embargo, hay una postura insostenible e indefendible, la que hace daño y menosprecia una vida. Entiendo que muchas personas se enfurezcan ante esa acción perpretrada, que sientan indignación y frustración. Estamos en pleno siglo XXI, sabemos del sufrimiento del toro, ¿no deberíamos replantearnos nuestras tradiciones? Pensemos muchas de las cosas que antes se hacían y ahora nos llevamos las manos a la cabeza, porque no se respetaban los derechos humanos, o se maltrataban a los animales sin necesidad. Esto que hacemos no está bien y no se puede tolerar. Da igual si muchos disfrutan con ello, hay que ser objetivo. La equidistancia en una injusticia te vuelve cómplice del agresor. Yo me posiciono en contra de las corridas de toro. Gracias por tu reflexión.

  2. Precisamente en la demostración antitaurina se nos pidió no insultar, no responder a provocaciones. Siendo solo eso, una demostración de nuestro descontento y desacuerdo con esta práctica primitiva y dañina. Se puso música, se repitieron frases en defensa del toro vivo y respetado, nunca se ofendió a nadie.
    Los organizadores insistieron en que no se insultara a nadie.

  3. «Perdonen si empiezo con una confidencia personal: yo, que soy contrario a los toros, entiendo de toros. Durante años, cuando me recogieron en Zaragoza durante la posguerra, traté casi diariamente con don Celestino Martín, que era el empresario de la plaza. Eso me permitió conocer a los grandes de la época: Jaime Noain, El Estudiante, Rafaelillo, Nicanor Villalta. Me permitió conocer también, a mi pesar, el mundo del toro: las palizas con sacos de arena al animal prisionero para quebrantarlo, los largos ayunos sustituidos poco antes de la fiesta por una comida excesiva para que el toro se sintiera cansado, la técnica de hacerle dar con la capa varias vueltas al ruedo para agotarlo… Si algún lector va a la plaza, le ruego observe el agotamiento del animal y cómo respira. Y eso antes de empezar.
    Vi las puyas, las tuve en la mano, las sentí. El que pague por ver cómo a un ser vivo y noble le clavan eso debería pedir perdón a su conciencia y pedir perdón a Dios. ¿Quién es capaz de decir que eso no destroza? ¿Quién es capaz de decir que eso no causa dolor? Pero, claro, el torero, es decir, el artista necesita protegerse. La pica le rompe al toro los músculos del cuello, y a partir de entonces el animal no puede girar la cabeza y sólo logra embestir de frente. Así el famoso sabe por dónde van a pasar los cuernos y arrimarse después como un héroe, manchándose con la sangre del lomo del animal a mayor gloria de su valentía y su arte.
    Me di cuenta, en mi ingenuidad de muchacho (los ingenuos ven la verdad), de que el toro era el único inocente que había en la plaza, que sólo buscaba una salida al ruedo del suplicio, tanto que a veces, en su desesperación, se lanzaba al tendido. Lo vi sufrir estocadas y estocadas, porque casi nunca se le mata a la primera, y ha quedado en mi memoria un pobre toro gimiendo en el centro de la plaza, con el estoque a medio clavar, pidiendo una piedad inútil. ¡El animal estaba pidiendo piedad…! Eso ha quedado en la memoria secreta que todos tenemos, mi memoria del llanto.
    Y en esa memoria del llanto está el horror de las banderillas negras. A un pobre animal manso le clavaron esas varas con explosivos que le hacían saltar a pedazos la carne. Y la gente pagaba por verlo.
    El que acude a la plaza debería hacer uso de ese sentido de la igualdad que todos tenemos y darse cuenta de que va a ver un juego de muerte y tortura con un solo perdedor: el animal. El peligro del toreo, además de inmoral como espectáculo, es efectista, y si no lo fuera, si encima pagáramos para ver morir a un hombre, faltarían manos y leyes para prohibir la fiesta.
    Gente docta me dice: te equivocas. Esto es una tradición. Cierto. Pero gente docta me recuerda: teníamos la tradición de quemar vivos a los herejes en la plaza pública, la de ejecutar a garrote ante toda una ciudad, la de la esclavitud, la de la educación a palos. Todas esas tradiciones las hemos ido eliminando a base de leyes, cultura y valores humanos. ¿No habrá una ley para prohibir esa última tortura, por la cual además pagamos?
    Perdonen a este viejo periodista que aún sabe mirar a los ojos de un animal y no ha perdido la memoria del llanto.»

    Fuente: EL PAÍS; Francisco González Ledesma, periodista y escritor.

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