Hoy, Día Mundial de las Ballenas. Y, sin embargo, en Tarifa, uno de los lugares más extraordinarios del mundo para el avistamiento de cetáceos, la jornada ha transcurrido sin apenas eco, solo la vergüenza ajena de dejar pasar cosas así con monumentos de hormigón que normalizan y simbolizan la negligencia. Antes Nacho, ahora Benítez, todo sigue igual. y me consta que ambos lo saben, quizás eso es lo preocupante, saber y no hacer….eso te convierte en parte del problema y no de la solución.
El Estrecho ofrece un espectáculo natural difícilmente igualable: migraciones, encuentros con orcas, cachalotes o calderones. Un patrimonio vivo que no solo distingue a Tarifa en el mapa internacional, sino que constituye un recurso estratégico para construir un relato de turismo sostenible, científico y desestacionalizado.

Pero la fecha ha pasado en silencio.
Ni campañas visibles, ni actividades divulgativas, ni iniciativas institucionales que conecten la ciudad con una efeméride que parece hecha a su medida. Lo llamativo no es únicamente la ausencia de programación, sino la sensación de que esta indiferencia empieza a formar parte del paisaje cotidiano.
Y a ese paisaje hay que añadir una imagen incómoda.
Frente al mar, en un emplazamiento privilegiado, se alza el Centro de Interpretación de Cetáceos, un edificio que lleva años sin uso. Una infraestructura concebida precisamente para divulgar, educar y poner en valor la riqueza marina del entorno, hoy convertida en una oda de hormigón sin vida. Cerrado, inactivo, ajeno a jornadas como la de hoy. Más que un equipamiento, se ha transformado en un símbolo involuntario de lo que Tarifa podría ser… y no termina de ser por pura falta de gestión. Las herramientas turísticas en Tarifa son inapelables.
Porque resulta difícil explicar que una ciudad referente mundial en cetáceos no celebre su día, y al mismo tiempo mantenga sin actividad un espacio que nació para ese propósito.
Celebrar esta jornada no exige grandes presupuestos. Bastarían gestos sencillos: actividades escolares, charlas científicas, rutas interpretativas, colaboración con empresas de avistamiento, mensajes institucionales que refuercen identidad y conciencia ambiental.
No ha ocurrido.
Lo preocupante no es solo que no se haga, sino que ya casi no sorprenda, que se respete el absurdo, la negligencia. Que normalicemos el desaprovechamiento de recursos únicos, el silencio en fechas clave, y la presencia de edificios emblemáticos condenados a la inercia.
Tarifa convive con joyas naturales que muchas ciudades envidiarían. La pregunta sigue siendo la misma: ¿tiene Tarifa alguna oportunidad con una gestión alojada en la desidia?


