La desinformación es la nueva normalidad. Por: Ángel Luis Jiménez

La industria de la mentira, la crisis de los medios y la agenda política de las redes ha generado en las democracias una tormenta perfecta que arrasa la relación de la ciudadanía con la realidad. La desinformación es la nueva normalidad y la victoria de Trump es un síntoma más de esta nueva normalidad.
Los relatos alternativos y los bulos se han hecho fuertes en una sociedad muy polarizada con una industria de la mentira que crece de la mano de redes e influencers en busca de dinero, y de elites ansiosas de poder. Esta situación estrecha nuestro juicio político y nos convierte en ciudadanos acríticos y desorientados.
El ejemplo más claro de la abdicación de los medios y su desinformación fue la de los grandes periódicos de Estados Unidos (Post y el LATimes) que dieron una muestra espantosa de cobardía y abandono de sus deberes públicos al no apoyar a ningún candidato en las elecciones presidenciales por decisión de sus dueños, en contra del criterio de las Redacciones.
Las Redacciones de estos periódicos decían que no era su papel decir quién debía ser presidente y quien no, sino dar a los votantes la información que necesitaran para tomar una decisión informada. Se trataba de poner énfasis en los hechos, y de no tratar a los candidatos (Trump y Harris) con equidistancia, cuando no eran iguales. Trump estaba condenado por 34 delitos graves, y tenía pendientes otros tres juicios.
Sin embargo, la maquinaria mediática de la derecha en todo momento ha servido política y financieramente a Trump, también a sus aliados europeos como Abascal, Orban, Le Pen y Salvini. Fox News y sus sucedáneos europeos funcionan como maquinas de propaganda. Además, esa prensa de derecha no se acuesta con la izquierda, sino que la crítica e investiga.
La crisis de los medios ha afectado fundamentalmente a periódicos y prensa local, eliminando una cierta base común de realidad que necesitamos para funcionar como ciudadanos. Si los medios de la derecha han triunfado es porque la prensa tradicional ha perdido de vista cómo piensan y qué les preocupa a quienes viven lejos de los grandes centros urbanos.
Leído lo anterior, está claro que debemos cuestionar a los medios cuando no rectifican o dan solo una versión interesada de los hechos. Por supuesto, hay políticos corruptos, pero no son el objetivo real de los salvadores ultras, que pretenden enfrentar, acabar con la credibilidad de las instituciones y sustituirlas por algo nuevo que dirijan ellos.
Así lo denuncia la Fundación Maldita.es cuando verifica la información de las principales plataformas digitales y redes sociales para que podamos hacerles frente. De hecho, si estás leyendo esto y crees que la desinformación es el problema, ya es un cambio fundamental.
Los bulos no se pueden combatir como entes individuales, forman parte de una estrategia más amplia que pretende introducir narrativas en tu mente. Quieren que temas, que huyas de la realidad y que te refugies en la solución de los desinformadores.
Es necesario identificar estas narrativas, dotarnos de herramientas para combatirlas, y de argumentos que nos ayuden a no caer. Es imprescindible asumir que este problema está aquí para quedarse y que requiere esfuerzos en educación de jóvenes y mayores para entenderlo, identificarlo y combatirlo.
Necesitamos aprender de los malos: cómo comunican, cómo construyen comunidades, cómo llegan allí donde los medios y otras instituciones no llegan, haciendo que se dude de todo y no se crea en nada. Hasta el PSOE ha llegado a su 41 Congreso con un ojo en la continuidad de Sánchez, pero el otro preocupado por la desinformación difundida desde las sedes judiciales.
Está en juego una época, un modo de vida. Y hay que hacerle frente activando a la ciudadanía para que actúe en su entorno: en sus grupos de WhatsApp, en las conversaciones de bar… Ya no es suficiente con quedarse callado y dejar pasar la mentira; y siempre teniendo presente que los que se creen un bulo o lo difunden no son el enemigo, incluso pueden ser tus vecinos, tus amigos, tu familia.
Definir qué es un medio es fundamental. Las webs que mienten no son medios de comunicación, por mucho que lo parezcan. El error es humano, pero el engaño no tiene cabida. Falta una autorregulación que disponga qué debe cumplir una web para ser considerada un medio de comunicación. La profesión, pero sobre todo la ciudadanía, lo necesita.
Es complicado saber quién está detrás, pero es imperativo investigar mejor la desinformación para identificar las campañas orquestadas donde los mismos bulos sobre vacunas, clima o inmigrantes saltan de país en país. Detectar a quién beneficia, señala quién está detrás.
Necesitamos valentía europea. En los últimos años, se han puesto los cimientos de una regulación europea que obliga a las plataformas a tomar medidas, ya que son los principales canales de distribución de la desinformación, pero esa legislación debe actuar al margen de las amenazas de Trump, Musk o Abascal. Es un momento decisivo. Hay que poner pie en pared.
Educación, verificación, tecnología de detección temprana, viralización de la realidad y creación de comunidades. Unir soluciones y luchar juntos. No hay una bala de plata que pare a la desinformación, que no es una pieza de contenido, sino una estrategia para acabar con la democracia y hacernos dudar de la realidad.

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