Palabras de A M O R en lunes. Por María Eugenia Manzano

Por Federico García Lorca 
El sueño va sobre el tiempo 
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas 
en el corazón del sueño. 
Comparto conversación con dos personas bonitas con quienes me une una historia bonita también. Una de ellas me dice que cuando lee estas Palabras de A M O R aprende cosas nuevas, se acerca a nuevos textos, a la música y en definitiva a esa belleza que encierran las cosas pequeñas. La otra me sugiere acercarme a voces más clásicas, a nuestros autores, a nuestros poetas… y yo, con las ganas de este lunes, después de la luna llena, no me ando con chiquitas. En prosa y en verso, como Dios manda, te invito a parar en Federico.
Poesía necesaria. Canción.
Lleva tus manos al pecho y escucha la melodía.
Plexo solar, regazo. Cierra los ojos, respira.
Es “La leyenda del tiempo” en la voz de Camarón.
Detente por un momento.
Me gusta la gente que abre semillas.
También la que valora las cosas para tantos otros insignificantes y hace que cada historia sea digna de convertirse en película. Me gustan las personas que confían en el arte en cualquiera de sus formas porque saben que A R T E y A M O R serán para siempre parientes cercanos y me gusta la gente que pide y regala libros, como Lorca.
Respiro.
Que este día sea bueno.
Que todo lo que te ofrezca sea un libro y medio pan.
Que puedas apreciar el arte sea donde sea, en cualquier detalle.
Y que hoy también tú estés bien.
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Yo he visto a muchos hombres de otros campos volver del trabajo a sus hogares, y llenos de cansancio, se han sentado quietos, como estatuas, a esperar otro día y otro y otro, con el mismo ritmo, sin que por su alma cruce un anhelo de saber. Hombres esclavos de la muerte sin haber vislumbrado siquiera las luces y la hermosura que llega al espíritu humano. Porque en el mundo no hay más que vida y muerte y existen millones de hombres que hablan, viven, miran, comen, pero están muertos. Más muertos que las piedras y más muertos que los verdaderos muertos porque no tienen amor, ni un germen de idea, ni una fe,  ni un ansia de liberación, imprescindible en todos los hombres para poderse llamar así. 
 
Cuando uno va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. “Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre”, piensa, y no goza ya del espectáculo sin oa través de una leve melancolía. Esta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión. 
 
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada. 
 
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.»

Federico García Lorca 

(5 de junio de 1898-18 de agosto de 1936)

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