Tenemos que hablar. Por: Ángel Luis Jiménez

Por fin, hoy 20 de abril, Rajoy, presidente del Gobierno en funciones, y Puigdemont, el presidente catalán, se reunirán en la Moncloa para hablar. Unos días antes Rajoy escribió en Twitter: “Escucharé a Puigdemont, como a todos los presidentes  de comunidades autónomas, sin orden del día fijado y, como siempre abierto a escuchar”. Espero que hoy quede claro para los dos que sobran trincheras y faltan puentes y espacios compartidos entre el Gobierno de España y Cataluña.

Todavía estamos a tiempo de afrontar por el cauce constitucional la situación con Cataluña.

El presidente catalán ya se ha reunido en el Palau de la Generalitat con los líderes del PSOE, Pedro Sánchez, PODEMOS, Pablo Iglesias, y CIUDADANOS, Albert Rivera. Todas estas reuniones se celebraron en un tono cordial, y en ellas se constataron las diferencias y acuerdos, y los puntos de desencuentro o encuentro con la hoja de ruta independentista del Gobierno catalán. Los medios destacaron de estas reuniones la buena sintonía y la voluntad de mantener un diálogo permanente, que falta hace.

Defiendo y siempre defenderé que a España y Cataluña nos irá mejor juntos que separados. Pero, en este Estado que ocupa gran parte de la península Ibérica, la cuestión territorial tiene una serie de problemas por resolver de legislación, de cultura, de sentimientos, de dinero y de respeto mutuo. Ya no es solo una cuestión de lenguas o de historia, es algo más. Y sobre todo, hay que gritar menos y hablar y escuchar más. Porque para arreglar cualquier problema primero hay que ponerse en la posición del otro.

No puedo entender que buena parte de la política española parece pretender “arreglar” lo de Cataluña sin hablar. Incluso excomulgando o reprobando a la mitad de sus votantes y representantes políticos. El diagnóstico no puede ser más erróneo ni más inútil: la búsqueda de una salida castrada por semejantes planteamientos tan maniqueos como inútiles. O, como pretenden algunos obtusos, enterrar este tema en el olvido. ¿Cómo?

A ver si nos enteramos que en Cataluña no hay algo que arreglar. Ni siquiera existe un problema. Existe una demanda política legítima y muy mayoritaria de reconocimiento nacional que debe ser atendida, dialogada y pactada entre todos. De lo contrario, cualquier solución o acuerdo unilateral carecerá por completo de legitimidad y resultará mínimamente viable.

Hacen falta consensos. Los consensos no son un producto de la casualidad o un resultado de la madre naturaleza, hay que construirlos. El trabajo de los políticos de este país es el de juntar a la gente, no dividirla ni separarla. Desde hace una década, hay demasiada gente que piensa que su trabajo y su mejor negocio es separarla. Y esas campañas han deteriorado el afecto y la vinculación sentimental de Cataluña con el resto de España, y viceversa.

 Existe un concepto “década perdida” -que se usa en economía, pero también en política-  utilizado cuando un país o región pasa diez años estancados. Pero no tanto para Cataluña, cuyo independentismo ha avanzado en estos últimos diez años más que en un siglo. Nada más hay que ver las encuestas. En cuatro años de pulso, el independentismo ha pasado de un 20% a un 40% y si Rajoy vuelve a presidir el Gobierno se podría superar ya el 50%. Ha sido una década pérdida para España, que sigue estancada, incapaz de definir un proyecto constitucional donde todos los pueblos de España se sientan cómodos. Porque es evidente que nuestro modelo autonómico está agotado y hay que cambiarlo entre todos a un Estado plurinacional o federal. Así que, sin remedio, tenemos que hablar.

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