Vivir en la incertidumbre.  Por: Ángel Luis Jiménez 

Vivimos en tiempos de gran incertidumbre, cuando lo impensable acaba ocurriendo o puede ocurrir y, por supuesto, con el susto cotidiano en el cuerpo. Pero, ¿es tan apocalíptica la realidad como nos trasladan los medios y las redes? O tal vez, deberíamos recibir de los medios algo más de luz y noticias que nos inviten a la esperanza.

Sobrevivir al escenario apocalíptico que nos trasladan cada día, se ha convertido en una tarea titánica. La avalancha de noticias amenazadoras de estos últimos meses es abrumadora. Empezando por el conflicto de Ucrania y los titulares de Putin poniendo fecha a la III Guerra Mundial.

Pero es que hay más: China y EE UU se acercan a un conflicto por Taiwán, Biden dice que la democracia está en peligro y leemos que “Estados Unidos se encamina hacia la guerra civil”. Además, la ultraderecha sigue creciendo en Europa y ya gobierna en Italia con Georgia Meloni, el experimento de la nueva mujer fuerte.

En España, hemos vivido “el verano más caluroso” de nuestras vidas, los fuegos han sido gigantes, y no se han podido controlar. El cambio climático se ha acelerado. La inflación está disparada, el poder adquisitivo ha recibido “un duro golpe” y nos acercamos a una posible recesión.

Añadamos a este panorama algunos programas de televisión machacando con el “miedo al okupa”, o informaciones como que “uno de cada ocho infectados padece secuelas de la COVID”, o esas campañas de publicidad que nos llevan a todos a tener pesadillas por miedo a ser asaltados en nuestras casas, si no ponemos una alarma.

Francisco Márquez, el director de la empresa Underground Building, que se dedica a la construcción de todo tipo de bunkers, cuenta que “en el caso de una bomba nuclear, si cae encima de la estructura, no habría posibilidades de supervivencia, pero si cae en las inmediaciones, sí”. “Sirve para catástrofes climáticas y nucleares”, aclara. Y dice estar desbordado por los encargos.

Pero, ¿realmente estamos tan mal? En el último CIS se recoge una contradicción recurrente entre los encuestados: consideran la situación económica española mala (43%) o muy mala (26,6%), pues sólo un 19,9% la define como buena. Sin embargo, cuando se pregunta sobre su situación económica personal, un 59,1% la califica como buena y sólo un 19,7% como mala. Es decir, al país le debe de ir fatal, pero a los encuestados por lo que vemos les va bastante bien.

La inflación y los tipos altos obviamente afectan a la renta de las familias españolas. Pero los ahorros acumulados durante la pandemia, la fortaleza del mercado del trabajo y el mantenimiento del precio de la vivienda dan solidez a las economías familiares. El actual entorno de incertidumbre global sería el que explicaría esa diferente percepción que aparece en las encuestas del CIS.

España no va a ser inmune a la desaceleración, pero su punto de partida es mejor que en otras crisis. El Banco de España prevé un crecimiento de nuestra economía del 4,5% en 2022 y del 1,4% en 2023, por encima de la media europea, y no predice una recesión debido a varios factores como la distancia de la guerra de Ucrania y la menor dependencia del gas ruso.

Aunque resistir no es suficiente para nuestra economía. Tenemos que acelerar la transformación digital, energética y de sostenibilidad, incluida las políticas que palíen la desigualdad económica. Y hay que aspirar a bajar el paro estructural y subir la productividad. Pero ahora tenemos la oportunidad de hacerlo con los fondos europeos Next Generation, una eficaz herramienta para afrontar estas transformaciones.

Curiosamente, son extranjeros los que tienen una mirada más positiva sobre nuestro país. Simon Kuper, una de las firmas más prestigiosas del Financial Times, escribió en julio un artículo cuando se despedía de nuestro país después de estar un año viviendo entre nosotros “tratando de entender España”. Kuper, que ha vivido en Holanda, el Reino Unido y Francia, parte de un diagnóstico rotundo: “España es el país más habitable del mundo”.

Y entonces, qué sucede para que esa nube negra de tremendismo, apocalipsis y de incertidumbre nos angustie cada vez que abrimos las redes sociales, caemos en una web de un medio de comunicación, o sintonizamos un informativo en la radio o en la televisión donde nos hablan desde la emoción, pero no desde la razón.

El neurocientífico Mariano Sigman, autor del libro “El poder de las palabras”, coincide en que las noticias con contenido emocional “son efectivas porque son muy adictivas”, pero introduce un matiz: “dominan los titulares de historias que no están resueltas, que generan ansiedad. Es la incertidumbre del desenlace lo que las convierte en atractivas, como sucede con una serie de ficción o un partido de fútbol”.

¿Cómo huir de ese círculo? El propio Sigman se sintió atrapado al comienzo del confinamiento por la COVID por la nube negra de la información negativa continua: “Llegué a un acuerdo conmigo mismo, lo que se denomina pacto de Ulises: a partir de las seis de la tarde no leía ni veía ni escuchaba ninguna noticia relacionada con la pandemia. Era la única manera de defenderme de la ansiedad y de ese alud de incertidumbre”.

El reto que aparece en el horizonte para los medios que quieren ser referentes es cómo volver a reconectar con la gente. “Cómo informar de una manera sana” como define Sigman. Cómo equilibrar las noticias negativas, que seguirán existiendo, o, al menos, cómo dimensionarlas. Cómo tratar temas como el cambio climático, la desigualdad económica, los problemas de la vivienda o de la cesta de la compra, y los conflictos internacionales, de una forma rigurosa, pero sin la amenaza continúa sobre nuestras vidas cotidianas. O mediante el pacto de Ulises, que dice Sigman, o pidiendo ayuda al doctor Rojas Marcos.

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