La publicación esta pasada Semana Santa en canales oficiales del Ayuntamiento de Tarifa solicitando portadores para el Vía Crucis del Viernes Santo ha encendido un debate necesario sobre el respeto, la gestión y la comunicación en torno a la tradición más profunda del municipio.
La imagen de la Virgen de la Luz en un camión de verduras, todavía resuena, añadir que CUATRO hermandades no salían este año, lo que ya dejaba muy tocada su imagen…
¿y ahora esto?
El mensaje, difundido en redes sociales, hacía un llamamiento abierto a cualquier persona que quisiera participar portando la parihuela de la Virgen de la Soledad. Todo ello, además, sin el respaldo de ensayos previos ni una preparación mínima exigible para un acto de esta relevancia. Esos llamamientos se hacen desde dentro, “los trapos sucios se lavan en casa”.
Y ahí es donde surge el problema.
No se trata de cuestionar la intención —que puede ser legítima—, sino de analizar las consecuencias. Porque la Semana Santa no es un evento improvisado. Es una tradición que en Tarifa hunde sus raíces en el siglo XVI, construida durante generaciones con esfuerzo, respeto y un profundo sentido de comunidad.
Reducirla a una convocatoria abierta en redes sociales transmite una imagen de fragilidad que no corresponde con su valor real, los titulares de los diarios son demoledores para la imagen de este pueblo, me alegró ver que este diario no se hizo eco, “no quisimos contribuir a un error de tal calibre.“ me comentaron desde redacción.
Una imagen que se resiente
Cuando una institución pública comunica de esta manera, no solo está lanzando un mensaje puntual. Está afectando directamente a la percepción exterior de Tarifa, de su cultura y de su identidad.
La imagen que proyecta es la de una tradición que no cuenta con estructura suficiente, que necesita “voluntarios urgentes” para poder salir adelante. Y eso, en términos de comunicación, es un golpe serio a la credibilidad.
No es solo una cuestión estética o simbólica. Es reputacional.
Porque detrás de cada paso, de cada hermandad, hay años de trabajo, de organización y de compromiso. Personas que cuidan de cada detalle para que todo brille como merece. Decisiones como esta no solo no ayudan, sino que pueden lastrar ese esfuerzo durante años.
Errores que se repiten
No es la primera vez que la comunicación institucional en Tarifa genera controversia. Muchos aún recuerdan episodios anteriores que ya pusieron en duda la sensibilidad y el criterio a la hora de gestionar la imagen pública del municipio. Sencillamente es un desastre.
Cuando estos errores se repiten, dejan de ser anécdotas para convertirse en una tendencia preocupante.
La comunicación, especialmente en temas sensibles como la Semana Santa, exige precisión, respeto y conocimiento del contexto. No se puede actuar como “un elefante en una cacharrería” en cuestiones que forman parte del alma colectiva de un pueblo.
Responsabilidad y respeto
La crítica no debe entenderse como un ataque, sino como una llamada a la responsabilidad.
Gestionar la comunicación de un municipio implica comprender qué se está representando en cada mensaje. Y en este caso, el “dato mata al relato”: si una tradición de este calibre necesita un llamamiento urgente y abierto para salir, el problema no es de narrativa, sino de gestión.
La Semana Santa de Tarifa merece ser tratada con la dignidad que le corresponde. No como un evento improvisado, sino como lo que es: una expresión cultural, histórica y emocional profundamente arraigada durante siglos en este pueblo, sin no respetamos eso, ¿dónde está el límite?
Porque cuando se falla en esto, no solo se comete un error puntual. Se pone en juego algo mucho más importante: la confianza de una comunidad y la imagen de todo un destino



