Hay Domingos de Ramos que empiezan con palmas y alegría desbordada. Y hay otros, como el de este año en Tarifa, que arrancan desde la ausencia. Por segundo año consecutivo, La Borriquita no recorrió las calles, dejando un hueco visible —y sentido— en el inicio de la Semana Santa. Pero la ciudad, lejos de quedarse en ese vacío, encontró en el Medinaceli un punto de encuentro, una forma de recomponerse.
A las puertas de San Mateo, mucho antes de que el reloj marcara las siete de la tarde, ya se intuía que algo importante iba a suceder. La espera no era solo protocolo: era expectación, devoción contenida, ganas de volver a ese ritual compartido que da sentido a estos días.
Y entonces, el momento. Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado cruzó el umbral del templo entre aplausos y vítores, como si Tarifa entera saliera a su encuentro. No hizo falta nada más: ni estridencias ni artificios. Bastó la presencia solemne del Medinaceli para llenar las calles.

La imagen lucía con elegancia su túnica color berenjena en mikado de seda con brocado dorado, una pieza ya reconocible que aporta sobriedad y distinción. Sobre el pecho, el escapulario —esa joya de madera policromada y orfebrería— volvía a captar miradas, recordando la historia y los gestos que han ido construyendo la identidad de la hermandad. Como novedad, los pololos a juego con el camisón, rematados con encaje de bolillos, añadían un detalle delicado que no pasó desapercibido para los más atentos.
El paso, además, incorporaba un nuevo llamador, símbolo pequeño pero significativo de que la cofradía sigue avanzando, creciendo en los detalles que hacen grande a una estación de penitencia.
El cortejo fue tomando las calles con ese ritmo tan reconocible, acompañado por la Agrupación Musical Marbella, cuyos sones envolvían al Cautivo, mientras la Asociación Musical Pintor Manuel Reiné ponía música al caminar de la Esperanza. Dos sonidos, una misma emoción.
Así, sin Borriquita pero con Medinaceli, Tarifa abrió su Semana Santa. Y lo hizo demostrando que, incluso cuando falta algo, la esencia permanece: un pueblo que se reúne, que siente y que, paso a paso, vuelve a encontrarse en sus calles.



