Tarifa ya huele a Carnaval y se siente ese cosquilleo que solo se vive cuando la calle vuelve a ser el escenario más grande del mundo. Las aceras se llenan de barras improvisadas donde los brindis suenan tan fuertes como las coplas. Vasos en alto, abrazos que se repiten y conversaciones que se alargan entre risas. Las calles dejan de ser gris para convertirse en pasarela de disfraces que esconden toneladas de imaginación, horas robadas al sueño y una dedicación que no se ve… pero se siente.
Hay quien aparece convertido en personaje imposible, quien ha cosido cada detalle a mano, quien ha ensayado la broma durante semanas. Y todos, absolutamente todos, forman parte de una misma obra colectiva: la del pueblo celebrándose a sí mismo.
En medio del bullicio se levanta la gran carpa, enorme, vibrante, con esa norma tan nuestra de que aquí se paga en efectivo y se disfruta sin medida. Dentro, la música retumba, los grupos afinan gargantas y el público responde como solo responde esta tierra: cantando.
Porque el Carnaval de calle no es solo disfraz y fiesta. Es identidad. Es orgullo. Es esa alegría que brota cuando se le canta a la tierra que te vio nacer, a sus rincones, a sus historias y a su gente. Cada copla lleva un pedazo de barrio, de infancia, de memoria compartida.
Tarifa no celebra el Carnaval: lo vive. Y cuando la calle se convierte en casa y la música en lenguaje común, no hay frío, no hay prisas, no hay preocupaciones que resistan.
Ha arrancado el Carnaval de calle. Y con él, la mejor versión de un pueblo que sabe reírse, quererse y cantarse a sí mismo


