Palabras de AMOR en lunes. Por María Eugenia Manzano

Es un insensato el que se empeña en ser escritor. Su única compensación es la libertad absoluta.
Roald Dahl.

Lunes, 18 de diciembre. El penúltimo del año.
He decidido parar cualquier cosa que esté haciendo, digamos de forma habitual, desde hoy hasta final de año. Para contemplar lo que ha habido, revisar el 23. Soltar algún hábito viejo y luego empezar un año, claro que sí, con todo lo que quiero que siga, y abriendo espacio. Que hay mucho que quiere llegar. Después, enfoque, propósito, comienzo… Sueños para un año nuevo que no nos dejará indiferentes. El 24 promete. Pero antes, despidamos al presente. Últimas Palabras de AMOR en lunes 2023. Al año que viene, más, ya veremos de qué forma. Gracias por acompañarme, por tu tiempo para esta lectura, por tus palabras de vuelta, tantas veces por tu aliento. Gracias por ir tejiendo un hilo de amor en lunes apenas sin darnos cuenta, que sirva para ir hacia adentro, al menos un ratito al día. Ahí fuera el ruido es inmenso. Sigamos.
Empecé enero en la cueva, Mysterium, y así bauticé al 23. Mucho ojito con los nombres, llegan a orientar el rumbo. También escribí «lo quiero todo más simple«. Ahí lo dejo.
Febrero, miércoles 22. Ejercicio de soberanía, resignificación. Bienaventurada tú. Está hecho. Aho!
Marzo, parada, sosiego. Poner rumbo a Cataluña y perder el dni después de la luna llena para encontrarlo en abril.
Abril, Manuel 17. El ferrari de mi padre en boxes, la perla de la bujía. Que aparezca el dni tal y como lo había dejado. Y en el mismo sitio, alucino. Y la magia de Toledo. Simplemente, un equipazo.
Mayo, volver al Sur. Soñar en el orugami y brindar con mi madre en la plaza antes de volver a Madrid. En la de Salamanca, claro. No nos conformamos con menos. De lo bueno, lo mejor. El amor en Alicante y reconectar con la tribu. Clandestines. Gracias, Luis. Aquí estamos, y seguimos.
Junio y el Parral, mi Lucía. Si supieras cuánto me muestras… Te bendigo, bella, y te veo, y a ratos te echo de menos. Este 2023 ha sido el primero entero que no te he tenido cerca. Que me hablen de desapego. El mundo que te rodea puede dar gracias al cielo.
Julio, Dionisos y el mar. Un trozo de Portugal y los ojos de mi niño. Y que ni el viento lo toque. Que tiene pena de muerte el viento si lo toca. Somos sus madres, ¡son nuestros hijos!
Agosto, volver al origen. Comprobar que seguimos vivos encarnando a nuestros mayores de una forma intraducible, blindada, que nos hace indestructibles. Por eso nos atrevemos. A apurar la noche a mordiscos, al jaleo de la plaza, al silencio de la dehesa, la Sierra de Dios Padre al fondo. Seres extremados los de esta tierra. Y después de todo eso, también me sumergí en el Contact. Si es que el verano no acaba hasta el 23 de septiembre…
Septiembre y Lucía, no hay más septiembres. Feliz vida, vida mía. Ampliación de consciencia a lo bestia y sentir el trabajazo. No hace falta que se me entienda. PLP y sueños cumplidos. Grande Jose. Hermana de luz, Elsa.
Octubre, que siga el viaje. Parir entre cuatro y bailando, justamente en el mes 10. Con la semilla del 1, haz las cuentas. Lo quiero todo más simple. No puede llegar más claro.
Noviembre y la fuerza, los rizos. Saber que queda camino y que ya no vamos solas. Siguen cayendo las fichas. Reconocernos, sin miedo, abriendo paso a lo nuevo, desde el gozo y la alegría. Tanta abundancia. Verdad. Dejemos atrás de una vez el anhelo de lo que no está y atendamos la llamada. No podemos despistarnos.
Diciembre siempre sorprende. Después de La romería, un puente y mi cumpleaños, pensé que avanzaba en calma pero meAMORdido un perro, ¡ay, la rabia! Mala suerte, buena suerte… Si no hubiera sido por eso, no hubiera subido a lo alto ni hubiera tocado el cielo.
Que este lunes sea bueno, y que estés bien estos días.
Hasta la vuelta.
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Una breve historia china.
Una historia china habla de un anciano labrador, viudo y muy pobre, que vivía en una aldea, también muy necesitada.
Un cálido día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas a buscar comida y bebida en la aldea. Ese verano, de intenso sol y escaso de lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba gota en los arroyos. De modo que el caballo buscaba desesperado la comida y bebida con las que sobrevivir.
Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador, donde encontró la comida y la bebida deseadas. El hijo del anciano, al oír el ruido de los cascos del caballo en el establo, y al constatar que un magnífico ejemplar había entrado en su propiedad, decidió poner la madera en la puerta de la cuadra para impedir su salida.
La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven rocín salvaje fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Pero ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.
Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el labrador les replicó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y no entendieron…
Pero sucedió que, al dia siguiente, el caballo ya saciado, al ser ágil y fuerte como pocos, logró saltar la valla de un brinco y regresó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, éste les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Y volvieron a no entender…
Una semana después, el joven y fuerte caballo regresó de las montañas trayendo consigo una caballada inmensa y llevándoles, uno a uno, a ese establo donde sabía que encontraría alimento y agua para todos los suyos. Hembras jóvenes en edad de procrear, potros de todos los colores, más de cuarenta ejemplares seguían al corcel que una semana antes había saciado su sed y apetito en el establo del anciano labrador. ¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada. Su patrimonio crecía por fruto de un azar generoso con él y su familia. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza. Era indudable que tener, de repente y por azar, más de cuarenta caballos en el establo de casa sin pagar un céntimo por ellos, solo podía ser buena suerte.
Pero al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar precisamente al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huído al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su parada hacia el establo. Si le domaba, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Teniendo al jefe de la manada bajo control, no había riesgo de pérdida. Pero ese corcel no se andaba con chiquitas, y cuando el joven lo montó para dominarlo, el animal se encabritó y lo pateó, haciendo que cayera al suelo y recibiera tantas patadas que el resultado fue la rotura de huesos de brazos, manos, pies y piernas del muchacho. Naturalmente, todo el mundo consideró aquello como una verdadera desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron qué responder.
Y es que, unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Pero cuando vieron al hijo del labrador en tan mal estado, le dejaron tranquilo, y siguieron su camino. Los vecinos que quedaron en la aldea, padres y abuelos de decenas de jóvenes que partieron ese mismo día a la guerra, fueron a ver al anciano labrador y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con la vida de muchos de sus amigos. A lo que el longevo sabio respondió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!.

 

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