«El Manitas». Por Juan Manuel Jiménez Muñoz

Entre los innumerables dones que la Naturaleza me otorgó (sapiencia, apostura, belleza, esbeltez, valentía, elocuencia, simpatía, donosura y… ¡humildad!) no se encuentra ser “manitas”. Soy torpe con las herramientas, indeciso con el coche, inepto para la fontanería, incapaz para la agricultura y negado para la electricidad. Es ponerme a cambiar una bombilla y sublevarse los neutrones. Es ponerme a escardar cebollinos y joderse las patatas. Es ponerme a reparar un grifo y aparecer por su boca las cataratas del Niágara. Es abrir el capó de mi Lamborghini y perderme en la junta de culata. Cagoensanpitopato.
Lo reconozco, lector. Lo reconozco. Soy más inútil que la cátedra de Begoña. Más inútil que el cenicero de una moto. Más inútil que un submarino descapotable. Más inútil que la bocina de un avión. Más inútil que el voto de los venezolanos. Más inútil que la Viagra de Ábalos para satisfacer a su Jésica. Y semejante grado de nulidad tiene un gran precio: siempre dependo de algún “manitas” para muchísimas cosas.
El “manitas” es generalmente un señor que todo lo sabe, todo lo entiende, todo lo arregla, todo lo abarca. Lo mismo te cambia un interruptor que te coloca una persiana; lo mismo te desatasca el retrete que diserta sobre la Selección Española; lo mismo te repara un coche que te pone una ventana; lo mismo te tala un abeto que te zurce un abrigo de lana. Lo difícil es que venga. Quiero decir que venga a tu casa mañana, mañana mismo, cuando tú lo necesitas: que no te dé largas.
Yo tiemblo con los “manitas”. Tiemblo. Tiemblo. Tiemblo. Tiemblo más que una adolescente con retraso menstrual. Tiemblo más que Eduardo Manostijeras durante su primera paja. Tiemblo cuando me pasan la factura; pero tiemblo, sobre todo, cuando te dan una idea aproximada sobre la fecha en que acudirán a solucionar la avería: esa humedad en la pared que tú, incompetente y cerril, no has sabido interpretar; esa humedad comparable a las marismas de Doñana donde ya comienzan a chapotear los sapos, a nadar los peces y a aparearse las garzas. Cagoentóloquesemenea y mitad del cuarto más.
Mis “manitas” favoritos, cuando los llamo de urgencia, me suelen anunciar con bastante precisión la fecha de su visita. Concretamente, me dicen: “ya te voy llamando yo y te digo; y si eso… ya vamos viendo”.
Horroroso, lector. Horroroso. “Y si eso… ya vamos viendo”, dicen. “Y si eso… ya vamos viendo”. ¿Qué demonios significa esa frase, por los clavos de Jesucristo? “Y si eso… ya vamos viendo”. ¡Pero si tengo la pared del salón llena de setas! ¡Pero si los hongos se han apoderado incluso del sofá! ¿Qué coño hay que ir ya viendo, pordióbendito? ¿Acaso hay que analizar al microscopio el espécimen micótico del salón para saber si es un boletus comestible o una amanita phaloides? Cagoenmivida.
Pero luego los tengo que querer. Digo a los “manitas”. No a los boletus comestibles. Porque acaban viniendo a tu casa, lector. Siempre acaban viniendo. Tarde. Pero acaban viniendo. Y entonces me dejan boquiabierto, ojiplático, estupefacto, patidifuso. Los puñeteros “manitas” aciertan siempre con la avería, con el origen de esa mancha de humedad similar a las marismas de Doñana, o con esa lámpara antigua que se resiste a encender, o con ese aparato que no sintoniza bien Radiotelevisión Espantosa: habilidosamente, el “manitas” convierte lo imposible en sencillo y soluciona el problema.
Te tengo que querer, “manitas”. Te tengo que querer. Eso sí: para mi desgracia, tienes más lista de espera que la Seguridad Social. Pero te tengo que querer.
Firmado:
Torpe en grado sumo por la Universidad de Güisconsin (Albacete).

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