El odio viejísimo, pero muy trabajado, goza de muy buena salud. Podría parecer una pasión simple y visceral, pero procede de nuestras heridas más hondas. Hoy el odio y la destrucción venden más que la colaboración.
La hostilidad, como la confianza, es una dinámica contagiosa. Ciertos líderes políticos refuerzan su poder personal espoleando la cólera. Nos regañan como a niños porque no odiamos lo suficiente. Los autoritarismos triunfan cuando acatamos las coordenadas de sus ejes del mal.
Fabricar enemigos es uno de los sectores económicos más rentables y con mayor demanda. Las vísceras cotizan en bolsa. El oficio de comentarista furibundo vive un momento dulce. Los magnates de las redes sociales aman nuestras fobias y atizan rencores que nos mantienen absorbidos, crispados y cautivos del odio.
Moldean el resentimiento con mensajes que masajean nuestros victimismos y transforman el enfado en capital. Los inversores en el ramo de la furia recogen beneficios. Tu rabia, tu odio es su riqueza. Y las explosiones de enojo, son el previsible y sereno crecimiento del negocio. Tu insomnio febril arrulla sus sueños.
El círculo se estrecha, ya no basta recelar del otro. Los algoritmos buscan cebarse en nuestras inseguridades. La publicidad se filtra por las grietas de nuestra autoestima. Nos empuja a odiar lo que somos para vendernos soluciones individualistas y perfecciones envasadas, desde la cirugía plástica a la autosuperación.
Al final, necesitamos creer en nosotros mismos para creer en los demás. Frente a los accionistas de la ira, podemos fortalecer los vínculos y decidir que confiamos en nuestros vecinos. Urge usar las palabras no como arma, sino como argamasa: cultivar el debate frente al combate. No podemos permitirnos tener más odios que ideas.
Ahora, ante una situación nacional tan adversa por los excesos de la ultraderecha, el presidente del gobierno ha encontrado una fuente de oportunidad para tratar de recobrar el pulso en defensa de la democracia abrazándose a un nuevo activismo internacional. En la Cumbre Progresista de Barcelona, una larga nómina de líderes extranjeros se ha sumado a su cruzada contra Trump y su industria del odio.
No cabe la menor duda, Pedro Sánchez ya ha trascendido fronteras y proyecta a toda costa su innegable influencia global del “no a la guerra” para remontar el vuelo. Su adversario ya no parece que sea Alberto Núñez Feijóo, sino el mismísimo Donald Trump y la ola ultraderechista con sombra de fascismo que recorre el mundo.
La izquierda internacional ha consagrado a Pedro Sánchez por su mensaje de esperanza frente al pesimismo, tratando de recobrar el pulso en defensa de la democracia y el multilateralismo ante la amenaza ultra y de las élites tecnológicas. Así como también la necesidad de regular las redes, defender la agenda verde y el feminismo, y frenar el miedo y el odio generado por la derecha extrema.
Ya no podemos aferrarnos a las rutinarias políticas tradicionales, porque eso equivale a ignorar por completo el nuevo contexto en el que estamos viviendo. Hay tanto en juego, es tal el destrozo provocado por los Putin y Trump, que se hace imperativo exigir pronunciamientos claros sobre cómo revertirlo.
Y en eso Sánchez está mostrando mayor cintura que Feijóo, que va a piñón fijo y falto de ideas para contrarrestarlo. Es “política mundo” o el localismo habitual. Pero lo que importa a la postre es la actitud del propio ciudadano, si quiere seguir habitando la provincia o abrirse al amplio mundo que nos rodea, donde han cambiado los discursos y las fuentes de confrontación.



