Tarifa y el derecho consuetudinario del “aquí mando yo”. Por Jesus Fernandez

En Tarifa no ha hecho falta ni BOE, ni Registro, ni catastro, ni escritura pública.
Aquí sigue vigente una forma de ordenación del territorio bastante más antigua, bastante más castiza y, por lo visto, bastante más eficaz: la del “porque aquí mando yo”.
No es una figura jurídica especialmente sofisticada, pero en algunos lugares conserva una sorprendente eficacia práctica. No requiere publicación oficial, ni trámite de audiencia, ni motivación administrativa. Basta con una cancela, un horario, un silencio bien administrado y esa forma tan nuestra de autoridad que no necesita explicarse porque hace tiempo que aprendió a no encontrar oposición.
Y así, sin decreto, sin debate y sin demasiada vergüenza, el tramo final de la calle Castillejos —el único acceso rodado funcional a una decena de viviendas habitadas junto a La Tarifeña— ha pasado de ser calle a ser concesión; de acceso a permiso; de paso a prerrogativa.
No se ha clausurado solo un vial.
Se ha restaurado una costumbre.
Porque en España hay instituciones que desaparecieron en los libros, pero siguen gozando de excelente salud en la práctica. Una de ellas es el cacique. Solo que ya no lleva sombrero, ni guarda rural, ni caballo. Ahora concede entrevistas, habla de sostenibilidad, posa en prensa, promete empleo, invoca el interés general y, llegado el caso, decide quién entra y quién espera.
La versión contemporánea del pequeño soberano no necesita escopeta. Le basta una cancela automatizada.
Y no, el problema no es solo que exista alguien dispuesto a ejercer esa clase de poder. El problema real —el verdaderamente español— es la naturalidad con la que se le reconoce.
Eso es lo notable.
No el cierre.
La normalidad del cierre.
La liturgia es conocida y profundamente local: alguien actúa como si mandara, y alrededor se organiza el decorado necesario para que, en efecto, mande.
Primero viene el gesto.
Luego el silencio.
Después la costumbre.
Y finalmente la resignación, que en demasiados pueblos sigue siendo la forma más estable de orden público.
Nadie sabe muy bien con qué título se hace.
Nadie enseña la autorización.
Nadie explica la cobertura.
Pero se hace.
Y eso, en ciertos ecosistemas municipales, no solo basta: funciona.
Lo verdaderamente admirable del caciquismo contemporáneo no es su brutalidad, sino su eficiencia. No necesita imponerse. Le basta con ejercerse. No necesita convencer. Le basta con comparecer. No necesita legalidad visible cuando dispone de una obediencia aprendida, un ayuntamiento fatigado y una ciudadanía entrenada desde hace décadas en el arte local de no molestar demasiado.
En demasiados municipios el poder no se ejerce desde el ayuntamiento, sino alrededor de él.
El consistorio comparece.
El poder circula por fuera.
Esa es la parte menos elegante y más reconocible del asunto.
Porque aquí no estamos ante un conflicto vecinal. Ni siquiera ante una simple disputa de acceso. Lo que se ha cerrado con una cancela no es solo el paso de unos residentes; lo que se ha puesto a prueba es algo más útil: la resistencia de un pueblo a aceptar como normal que quien compra suelo acabe ejerciendo soberanía.
Y esa prueba, por desgracia, no es nueva.
Se compra una parcela.
Se ocupa el relato.
Se promete futuro.
Se invoca progreso.
Se ofrece aparcamiento.
Se habla de modernidad, empleo, sostenibilidad, ciudad abierta al mar y beneficios para todos.
Y mientras tanto, a escala mucho más modesta y bastante más instructiva, se normaliza que quienes ya viven dentro necesiten permiso para entrar.
Esa es probablemente la metáfora urbanística más precisa de nuestro tiempo: abrir Tarifa al mar, sí; cerrar antes a los vecinos.
La retórica es impecable. El solar se presenta como oportunidad, el proyecto como sueño compartido y el futuro como una cortesía del inversor. Más de 1.000 plazas de aparcamiento, cientos de empleos, viviendas asequibles, nuevas zonas verdes y un horizonte de prosperidad cuidadosamente renderizado.
La realidad, mientras tanto, conserva una estética bastante menos futurista: una calle cerrada, una llave ajena y diez viviendas aprendiendo que en Tarifa el urbanismo sigue siendo, en el fondo, una forma elegante de jerarquía.
Y esa es quizá la lección más útil de todo esto.
No hace falta expropiar para desplazar.
No hace falta derribar para someter.
No hace falta prohibir cuando basta con condicionar.
La forma más antigua de poder local nunca necesitó demasiados papeles. Solo costumbre, margen y una cantidad razonable de silencio.
Por eso el problema no es que todavía existan pequeños reyes.
El problema es la facilidad con la que seguimos reconociéndolos.
No hace falta corona cuando basta una cancela.
No hace falta decreto cuando basta costumbre.
No hace falta rey cuando un pueblo entero ha aprendido a agachar la cabeza antes de que nadie se la baje.

2 respuestas

  1. Quiero expresar mi más sincero agradecimiento al diario por dar visibilidad al artículo que publiqué en mi muro sobre la injusta situación que, desde hace décadas, vienen sufriendo estos vecinos de La Chanca, en Tarifa, ante la absoluta dejadez y el abandono institucional.

    Han pasado por el Ayuntamiento gobiernos de todos los signos políticos sin que ninguno haya mostrado la voluntad ni la sensibilidad necesarias para poner fin a una injusticia que ha condicionado profundamente la vida de esas familias. Y, tras los últimos acontecimientos especialmente el cierre con horario restringido impuesto por la conservera y/o por los nuevos propietarios de gran parte de los terrenos de la desembocadura de la calle Castillejos , los vecinos lo han percibido como una auténtica estocada.
    Así no se hacen las cosas.

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