Tarifa y el eterno atasco: cuando el problema no es la carretera, sino la gestión. Por Alberto López

Hay algo profundamente frustrante —y cada vez más habitual— en la forma en la que Tarifa transmite: el colapso. No como excepción, sino como norma. No como accidente, sino como síntoma.

Lo ocurrido este Jueves Santo en la N-340 no es una sorpresa. Es, sencillamente, otra muestra más —y ya van demasiadas— de que a quienes deben anticiparse y gestionar, “la cosa se les queda grande”.

Un socavón, un carril alternativo y un semáforo provisional. Hasta ahí, nada extraordinario. Lo verdaderamente llamativo no es la incidencia, sino la incapacidad para gestionarla. Porque no estamos hablando de una solución compleja ni de una gran inversión. Estamos hablando de algo tan básico como ajustar los tiempos de un semáforo al flujo real del tráfico.

Algo que, por cierto, se hace cada verano con el carril reversible. Todos los días.

Pero aquí no.

Aquí, en uno de los días de mayor afluencia del año, con previsiones evidentes de entrada masiva de vehículos hacia Tarifa, el sistema permanece rígido, ajeno a la realidad. Un semáforo que, como bien dicen los conductores, “no entiende el contexto”. Y detrás de ese semáforo, una cadena de decisiones —o más bien de ausencias— que terminan en lo de siempre: kilómetros de retenciones, visitantes atrapados en la carretera y una ciudad que empieza la temporada dando la peor de las imágenes.

Da igual quién tenga la competencia directa sobre la N-340. Ese debate, aunque necesario en lo técnico, resulta estéril cuando se analiza lo que de verdad falla: la gestión. Porque gobernar una ciudad no es limitarse a lo que dicta el reparto administrativo de competencias. Es anticiparse, coordinar, llamar, insistir, presionar si hace falta. Es, en definitiva, hacer que las cosas funcionen.

Y eso, hoy por hoy, no está pasando.

Hubiera deseado la misma velocidad en sacar la nota de prensa del «yo no he sido» del alcalde, que en la llamada a tráfico para regular el semáforo. ¿Tan difícil es?

Ni el delegado de Turismo ni el alcalde pueden mirar hacia otro lado escudándose en quién debe o no actuar. Son —o deberían ser— la voz de una ciudad que vive del flujo constante de personas. Y cuando ese flujo se bloquea, no es solo un problema de tráfico: es un problema económico, de imagen y, sobre todo, de credibilidad.

Porque mientras los coches se amontonan hasta Pelayo, en los restaurantes hay mesas vacías. Mientras los visitantes desesperan bajo el sol, la experiencia de llegar a Tarifa se convierte en un motivo para no volver. Y mientras tanto, desde fuera, la sensación es clara: nadie está al volante.

Lo preocupante no es el atasco. Es la sensación de que no se aprende de ellos.

Tarifa lleva años repitiendo el mismo patrón: picos de demanda previsibles, respuestas improvisadas y consecuencias que siempre pagan los mismos. Y en ese bucle, la ciudad empieza a enfrentarse a una realidad incómoda: su verdadera crisis no es de infraestructuras, sino de gestión.

Quizá ha llegado el momento de asumirlo.

Porque el problema no es un semáforo mal regulado. El problema es que, una vez más, nadie ha estado pendiente de regularlo.

Un comentario

  1. ¿Nos hemos olvidado de los problemas de aparcamiento? Porque después de llegar hay que aparcar.
    Carrusel interminable de vehículos circulando por el pueblo buscando aparcamiento.
    Y zonas de aparcamiento regulado prometidas que no llegan.

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