La cultura en Tarifa ha pasado en los últimos días del escenario al centro del debate público. El enfrentamiento en redes entre el actual delegado de Cultura, Nacho Trujillo, y su predecesor, Fran Terán, ha puesto negro sobre blanco una discusión que llevaba tiempo latente: el rumbo de la programación cultural en el municipio.
El origen de la polémica se sitúa en el artículo “Tarifa y la cultura de oferta”, de Alberto López, que abría la puerta a una reflexión incómoda sobre el modelo cultural actual. A partir de ahí, Fran Terán elevó el tono con un escrito contundente bajo el título “De Champions a Tercera División”, en el que dibuja un claro retroceso: de una Tarifa referente en la provincia y en Andalucía, a una programación —según su visión— más conformista, menos ambiciosa y dependiente de circuitos externos.
Terán habla sin rodeos de la desaparición de propuestas que marcaron una etapa: recitales, encuentros literarios, conciertos de primer nivel o festivales consolidados. Denuncia, además, la pérdida de identidad propia y la aceptación de una cultura “de rebote”, alejándose de aquel modelo que, según defiende, apostaba por situar a Tarifa en el mapa cultural nacional.
La respuesta de Nacho Trujillo no se hizo esperar. En su réplica, el actual delegado evita entrar de lleno en el fondo de la crítica —la calidad o el enfoque de la programación— y centra su defensa en el respeto a los profesionales y técnicos del área. Subraya que los teatros se llenan, que se ha mejorado la infraestructura y que los espectáculos cuentan con el aval de circuitos oficiales como la Red Andaluza de Teatros Públicos.
Sin embargo, esa línea de defensa deja una lectura evidente: nadie ha cuestionado la valía de los técnicos de Cultura. Al contrario, existe un consenso general en que su trabajo es sólido y profesional. Pero precisamente por eso, escudarse en ellos parece evidenciar la falta de argumentos políticos sobre el modelo cultural. Los técnicos ejecutan —y lo hacen bien—, pero las directrices y la ambición dependen de quien dirige.
Y ahí es donde se sitúa el verdadero debate.
Porque llenar un teatro no siempre es sinónimo de una política cultural sólida. Ni formar parte de circuitos garantiza identidad propia. La cuestión de fondo es otra: ¿qué tipo de cultura quiere Tarifa? ¿Una programación que aspire a ser referencia o una que se limite a cumplir?
Lo ocurrido en estos días no es solo un cruce de declaraciones. Es el síntoma de algo más profundo: la sensación creciente de que la cultura en Tarifa ha perdido dirección. Que ha pasado de marcar agenda a seguirla. De arriesgar a acomodarse.
Durante años, el municipio logró posicionarse como un punto cultural destacado sin ser capital de provincia. Hoy, sin embargo, la percepción —cada vez más extendida— es la de una pérdida de peso, de ambición y de singularidad.
El debate ya está abierto. Y lo que antes podía comentarse en voz baja, ahora se discute públicamente. La cultura en Tarifa, más allá de cifras o nombres propios, se enfrenta a una pregunta incómoda que ya no se puede esquivar: si realmente sigue avanzando… o si, como muchos apuntan, lleva tiempo a la deriva evidente o sencillamante ha naufragado.
La gestión y argumentario de Nacho ya no se pueden tapar debajo de la alfombra, «hay un elefante en la habitación» que arrastrará a Santos. Falta poco más de un año para las urnas y el barco se hunde pese a los avisos de muchos y los oidos sordos de unos pocos. Tarifa pierde un tiempo que vale oro….


