Hubo un tiempo en que cada verano Algeciras dejaba de ser la ciudad que conocían sus vecinos. Las fotografías de finales de los años setenta y principios de los ochenta muestran una realidad hoy casi impensable: la avenida Virgen del Carmen convertida en un inmenso aparcamiento, el Llano Amarillo repleto de vehículos, familias enteras esperando durante días para embarcar y miles de personas ocupando cualquier sombra disponible para soportar el calor. Foto Hijas del Miguel Ángel del Águila
No era un problema de falta de voluntad. Era una ciudad que se había quedado pequeña para un fenómeno que crecía mucho más rápido que sus infraestructuras.
Aquella Algeciras soportaba una Operación Paso del Estrecho muy diferente a la actual. Había menos barcos, menos rotaciones, menos capacidad portuaria y una organización mucho más limitada. La consecuencia era que la ciudad absorbía el impacto de un tráfico que simplemente no podía gestionar.
Décadas después, esa imagen prácticamente ha desaparecido. El Puerto de Algeciras se transformó con inversiones millonarias, nuevas explanadas, mejores accesos, más conexiones marítimas y una planificación que convirtió uno de los mayores problemas logísticos del verano en un sistema mucho más eficiente. El comentario del día nos invita a abrir «el melón».
La OPE no dejó de crecer.
Lo que cambió fue la infraestructura.
Hoy, salvando las enormes diferencias de escala, Tarifa empieza a ofrecer algunas imágenes que recuerdan a aquella época. No porque existan viajeros esperando durante días ni porque la situación alcance aquellas dimensiones, sino porque la ciudad comienza a evidenciar que su capacidad urbana tiene límites.
Cuando coinciden las mayores salidas hacia Tánger con los fines de semana de máxima ocupación turística, las retenciones se trasladan rápidamente a los accesos, afectan al casco urbano, condicionan la movilidad de los vecinos y alteran el funcionamiento normal de una localidad que, por su configuración, dispone de muy poco margen para absorber un aumento constante del tráfico.
La comparación no pretende afirmar que Tarifa viva la situación de la Algeciras de hace cuarenta años.
La comparación invita a recordar cómo empiezan estos procesos.
Las infraestructuras suelen quedarse pequeñas mucho antes de que las administraciones reaccionen. Y ahí aparece una cuestión que trasciende el tráfico o la propia Operación Paso del Estrecho. El debate que Tarifa aún no ha afrontado
La experiencia de Algeciras demuestra que, cuando un puerto crece, la ciudad acaba transformándose con él.
La pregunta es si Tarifa quiere recorrer ese mismo camino. En vez de alzar la voz desde el Ayuntamiento, se premia….sumisión absurda.
Porque detrás de cada incremento de pasajeros no solo hay más barcos. También hay más vehículos, más demanda de suelo, más necesidades logísticas, más servicios, más presión sobre los accesos y nuevas infraestructuras que terminan modificando el funcionamiento de la ciudad.
Y esa es una decisión que va mucho más allá de una campaña de verano.
Tarifa ha construido durante décadas una identidad internacional ligada a su patrimonio natural, a sus playas, al Parque Natural, al deporte, al viento, al avistamiento de cetáceos y a un modelo turístico basado, precisamente, en su escala humana.
Al mismo tiempo, el puerto adquiere cada vez más protagonismo como puerta de conexión entre Europa y África.
Ambas realidades pueden convivir, pero requieren planificación y, sobre todo, una decisión estratégica sobre cuál debe ser el modelo de ciudad en las próximas décadas.
¿Quiere Tarifa convertirse en un nodo logístico cada vez más importante entre dos continentes? ¿O quiere consolidarse como un destino turístico internacional de naturaleza, paisaje y calidad de vida?
Quizá la respuesta sea una combinación de ambos modelos. Pero incluso esa combinación exige definir límites, inversiones y prioridades.
Lo preocupante es que este debate apenas existe.
Mientras cada verano aumenta la presión sobre la ciudad, la discusión pública suele limitarse a la gestión de los atascos del día o a las incidencias puntuales de la OPE.
Sin embargo, la verdadera cuestión no es cuánto tráfico soporta Tarifa este verano. La verdadera cuestión es qué Tarifa se está construyendo para dentro de veinte años.
Algeciras tomó esa decisión porque las circunstancias la empujaron a ello. Invirtió, creció y adaptó sus infraestructuras a una realidad logística de dimensión internacional.
Tarifa aún está a tiempo de decidir si quiere seguir ese camino o reforzar un modelo diferente.
Lo que difícilmente parece sostenible es avanzar hacia un cambio de esa magnitud sin un debate público amplio, transparente y participado por la ciudadanía.
Porque, al final, las infraestructuras no solo transforman los puertos.
Transforman también las ciudades que las rodean
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