Hacer kitesurf en Algeciras puede costar 500 euros: ocho años de promesas, 600 deportistas y una solución que nunca llega. Mientras decenas de municipios españoles regulan la convivencia entre bañistas y deportistas, la Bahía de Algeciras sigue respondiendo con prohibiciones y sanciones. El Club Deportivo Kite Campo de Gibraltar denuncia que lleva más de ocho años proponiendo alternativas sin obtener resultados.
Hay problemas que no se entienden porque no obedecen a la lógica, sino a la inacción.
En una comarca donde el viento es uno de sus grandes recursos naturales y donde el mar forma parte de su identidad, hacer kitesurf en Algeciras puede acabar con una multa de hasta 500 euros.
No porque se trate de una actividad ilegal en sí misma. No porque sea un deporte peligroso cuando está regulado. El problema es que no existe una zona habilitada para practicarlo durante el verano, precisamente cuando las condiciones de viento convierten el final de la playa del Rinconcillo y la desembocadura del río Palmones en uno de los mejores lugares del Campo de Gibraltar para navegar.
La paradoja resulta evidente. Cuando el fuerte Levante hace prácticamente imposible navegar en Tarifa, la Bahía ofrece unas condiciones excelentes para todos los niveles. Sin embargo, quienes entran al agua se arriesgan a ser sancionados.
Y así, verano tras verano.
Conviene aclarar algo importante. El conflicto solo existe durante los meses de verano. El resto del año la práctica del kitesurf no genera problemas porque la afluencia de bañistas es muy reducida. Es en julio y agosto cuando ambos usos coinciden y cuando se hace necesaria una regulación que permita la convivencia.
Precisamente eso es lo que lleva reclamando desde hace años el Club Deportivo Kite Campo de Gibraltar (KCG), la mayor asociación de kitesurf de la provincia de Cádiz. Con 14 años de historia, más de 200 socios y alrededor de 400 aficionados vinculados al club, representa a una comunidad cercana a los 600 deportistas.
Durante más de ocho años, según explica la propia asociación en un comunicado difundido estos días, sus representantes han mantenido reuniones con los ayuntamientos de Algeciras y Los Barrios, han presentado proyectos, propuestas técnicas y alternativas para crear una zona específica de kitesurf, señalizada y compatible con el baño, siguiendo el modelo implantado en numerosas playas españolas.

Pero nada ha cambiado.
La ordenanza sigue prohibiendo la práctica del kitesurf y las multas continúan llegando.
Desde el colectivo insisten en que su reivindicación no va contra la Policía Local, que simplemente aplica una normativa vigente. La responsabilidad, sostienen, corresponde a quienes tienen capacidad para modificar esa regulación y ordenar los distintos usos de la playa.
Porque de eso se trata: de ordenar, no de prohibir.
Nadie pide expulsar a los bañistas ni convertir toda la playa en una pista de navegación. Lo que reclaman es exactamente lo que ya funciona en decenas de municipios del litoral español: un espacio delimitado donde bañistas y deportistas puedan convivir con seguridad durante los meses de mayor afluencia.
Resulta difícil comprender que una administración sea capaz de organizar playas caninas, habilitar zonas para distintos usos recreativos o desarrollar planes específicos para otras actividades y, sin embargo, lleve más de ocho años sin encontrar una solución para uno de los deportes náuticos con mayor crecimiento en España.
La contradicción aumenta cuando el propio Ayuntamiento de Algeciras promociona los deportes acuáticos y presume de iniciativas vinculadas al mar, mientras cientos de deportistas aseguran que no tienen un solo lugar donde practicar legalmente su deporte durante el verano.
El contraste con Tarifa es inevitable.
Hace décadas aquella ciudad entendió que el viento era mucho más que un fenómeno meteorológico. Lo convirtió en una industria. Hoy el kitesurf sostiene buena parte de su economía gracias a escuelas, hoteles, apartamentos turísticos, restaurantes, comercios especializados y competiciones internacionales que atraen miles de visitantes cada año.
Eso no significa que Tarifa sea un ejemplo perfecto. Quienes viven del sector llevan años denunciando la falta de aparcamientos junto a las playas, los accesos deficientes, la saturación estival, la escasez de carriles adecuados y una planificación que muchas veces no está a la altura del peso económico que tiene este deporte para el municipio. Incluso donde el kite genera riqueza queda mucho por mejorar.
Pero existe una diferencia fundamental.
En Tarifa se discute cómo mejorar un modelo que ya existe.
En Algeciras todavía se sigue discutiendo si ese modelo debe existir.
El comunicado difundido por KCG deja entrever que la paciencia empieza a agotarse. La directiva apuesta por volver a sentarse con las administraciones y recuperar el diálogo, pero entre muchos socios ya se plantea la posibilidad de convocar movilizaciones.
Y esa imagen debería hacer reflexionar.
Manifestaciones para reclamar el derecho a practicar deporte.
En una comarca que habla constantemente de fomentar hábitos saludables, atraer turismo activo y ofrecer alternativas de ocio para los jóvenes.
Después de más de ocho años de reuniones, proyectos y promesas, la pregunta ya no es si el kitesurf puede convivir con los bañistas. En decenas de playas españolas hace tiempo que se demostró que sí.
La verdadera pregunta es por qué Algeciras sigue respondiendo con prohibiciones donde otros municipios han encontrado soluciones. Porque gobernar no consiste en elegir entre bañistas y deportistas, sino en hacer compatible el derecho de ambos a disfrutar del mar con seguridad. Y esa asignatura, después de tantos años, continúa pendiente.



