Llueve a cántaros.
El viento empuja las calles del centro y en redes sociales se repite el mismo aviso: “Cerramos por el temporal”. Es enero, fuera de temporada, y parece lógico. Tarifa se recoge, se protege, espera.
Pero Tarifa nunca se apaga del todo.
En pleno centro, justo frente a Mombassa, El Perulero mantiene su puerta abierta incluso en días como hoy. No por casualidad. No por turismo. Por compromiso.
“No podía cerrar, tengo clientes habituales que confían en nosotros”, nos cuenta su dueño con la naturalidad de quien no se siente haciendo nada extraordinario, aunque lo sea. Porque abrir cuando todo invita a cerrar es una forma silenciosa de querer a un lugar.
El Perulero es refugio. Para quien entra empapado buscando algo caliente, para quien no quiere volver a casa con la sensación de que el pueblo se ha quedado vacío, para quienes saben que hay bares que sostienen Tarifa cuando el viento aprieta.
Y quizá por eso su nombre no es casual.
¿Sabías que el nombre de El Perulero se remonta a la Tarifa de 1598?
El nombre nace de Juan Fernández de Ribero, un indiano portugués que emigró al Perú en tiempos de Felipe II, donde amasó fortuna antes de regresar a la Península. Se estableció en Tarifa y dejó huella: dio nombre a una plaza, creó linaje, fue regidor de la ciudad y familiar del Santo Oficio de la Inquisición.
En 1627 mandó realizar a sus expensas el retablo del Dulce Nombre de Jesús en la Parroquia de San Francisco, asegurando que su nombre y su compromiso con Tarifa perduraran en el tiempo.
Más de cuatro siglos después, ese espíritu sigue vivo.
Abrir en enero. Abrir con lluvia. Abrir con temporal.
Eso también es historia.
Desde Tarifa Destino Gastronómico y Tarifa Fuera de Temporada, solo queda decir gracias. Gracias a los lugares que no bajan la persiana cuando más falta hacen. Gracias a los bares que, como El Perulero, demuestran que Tarifa no se mide por la temporada alta, sino por quienes están cuando nadie más está.
Porque algunos sitios no solo dan de comer.
Sostienen el alma del pueblo.



