Ojo con la historia….Un vecino de Tarifa compró una bandeja de mejillones en la sección de comida preparada de Mercadona en Tarifa. No había terminado de comerlos cuando comenzó a encontrarse mal, dolores intensos, escalofríos y un malestar tan fuerte durante horas que, según relata, «tenía que tirarme al suelo». La situación acabó en el centro de salud, donde una inyección logró aliviar el dolor. Después llegaron los vómitos y las diarreas durante otras tantas horas, hasta que finalmente pudo recuperarse.
No hablamos precisamente de una persona frágil. Mide 1,90 metros, nada en el mar todos los días y goza de buena condición física. La pregunta es inevitable: ¿Qué habría ocurrido si esos mismos mejillones los hubiera consumido un niño o una persona mayor?
La noticia empieza aquí, porque un error no define a una empresa. La forma de corregirlo, sí.
A la mañana siguiente volvió a Mercadona; solo quería avisar de que las bandejas del mismo lote seguían expuestas para su venta y del evidente peligro que suponía.
Primero habló con un reponedor, después lo enviaron a la caja central y de allí pasó a una supervisora y finalmente a la delegada del establecimiento, que ni siquiera salió a hablar con él personalmente. «Le vamos a devolver el importe de la bandeja», le dijo la supervisora…
—»No he venido a que me devolváis el dinero. He venido a avisar de que esos mejillones siguen ahí y pueden intoxicar a otra persona.»
La respuesta fue que Mercadona tiene altos estándares de calidad. Y probablemente sea verdad, pero los mejillones allí se quedaron, a la venta,, «cual ruleta rusa…»
Precisamente por eso sorprende que, ante una posible alerta alimentaria comunicada por un cliente que acababa de salir de un centro de salud, la prioridad no pareciera ser comprobar de inmediato el producto señalado, sino tirar balones fuera y «dar una piruleta al niño llorón».
Mercadona no es un supermercado cualquiera en Tarifa. Es una empresa que ha cambiado los hábitos de compra de locales y visitantes, con comida preparada e incluso una zona para comerla dentro del propio supermercado, la competencia que supone para la hostelería tarifeña es otro tema, al igual que su responsabilidad social corporativa en Tarifa, que es cercana a cero.
Ese liderazgo también implica una responsabilidad, porque el precio de una bandeja de mejillones es irrelevante, la reacción ante una posible emergencia sanitaria no lo es y eso merma la confianza de cualquiera.
Quizá todo quedara en un caso aislado. Ojalá sea así. Pero cuando un cliente entra en un supermercado después de pasar por un centro de salud para advertir de un posible riesgo, lo último que espera es salir con el dinero de una bandeja. Lo que esperaba era la tranquilidad de saber que nadie más iba a pasar por lo mismo.



