Nina Aragón, la mujer que convirtió la cocina de Tarifeña en memoria. Por Alberto López

Hay personas que pasan por un lugar y hay personas que dejan un lugar mucho mejor de como lo encontraron. Nina Aragón Román pertenece, sin ninguna duda, a las segundas.

Nació en Conil, pero la vida quiso que Tarifa se convirtiera en su casa. Llegó por amor, junto a Paco Amaya, y juntos formaron uno de esos equipos que explican una parte de la historia de esta ciudad. Un matrimonio, una familia, un negocio, una cocina y, sobre todo, una manera de entender la vida basada en el trabajo, la generosidad y el compromiso con los demás.

Porque Nina y Paco no fueron solamente hosteleros. Fueron buena gente.

De esa buena gente que no necesita apellidos ni reconocimientos para serlo, de la que ayuda sin hacer ruido, de la que comparte la suerte cuando la tiene, de la que apunta cosas en una libreta que quizá algún día se pierde, pero nunca pierde la memoria de quién necesita una mano.  Juntos fueron un equipazo.

Primero llegó Delfín Verde. Después, Casa Paco. Dos nombres que forman parte de la historia gastronómica de Tarifa y que fueron mucho más que restaurantes: fueron lugares donde se cocinaba, se conversaba, se compartía y se construía comunidad en aquella Tarifa auténtica, esa que no conocía turistas sino personas.

Y allí estaba Nina. Con sus manos. Con su paciencia. Con esa manera suya de cocinar que no entendía de prisas ni de atajos, porque algunas recetas no se pueden escribir en un papel. Se llevan dentro.

Sus albóndigas caseras podían necesitar seis horas de reloj. Una a una. Personalizadas. Solo ella sabía encontrar ese punto que hacía que alguien pudiera viajar desde cualquier rincón de la provincia para sentarse a comerlas.

Estaban también los huevos con papas y aquellas codornices inolvidables.

Había quien esperaba dos horas por ellas sin una sola protesta. Porque la respuesta estaba clara: si hay que esperar, se espera, pero me como las codornices del Delfín Verde.

Y Nina y Paco las pelaban personalmente,  porque aquello, como tantas cosas en su cocina, tenía su ciencia.

Y después estaba la cuchara. Los potajes de Nina forman parte de esa gastronomía que no necesita estrellas, tendencias ni grandes discursos para demostrar su grandeza. La gastronomía de verdad. La que huele a casa. La que necesita tiempo. La que se cocina pensando en quien se va a sentar a la mesa.

Nina cocinaba con cariño, pero quizá haya una frase que explique mejor que ninguna otra quién era:

“Ella cocinaba para su familia y el resto lo vendía”. Eso lo dice todo. Dice cómo entendía la cocina. Y dice cómo entendía la vida.

Fue una mujer trabajadora hasta límites que hoy casi nos parecen imposibles. Sacó adelante su casa, sus hijos, su negocio y su cocina. Sin grandes discursos. Sin reclamar protagonismo. Haciendo.

Hoy seguramente alguien la llamaría superwoman, pero Nina estaba en otra liga.

Porque hubo una generación de mujeres que trabajaron con mayúsculas. Mujeres para las que el reloj, los horarios y aquello de “la hora de salida” eran casi una modernidad desconocida. Mujeres que levantaban familias, negocios y hogares al mismo tiempo.

Nina fue una de ellas, además de generosa y humilde, no regalo ningún adjetivo, quien la conoció lo sabe. Dos palabras que, juntas, explican muchísimo de una persona.

Fue pilar de su familia y compañera durante más de cuarenta años del amor de su vida, Paco. Un amor que hoy continúa de otra manera: en las miradas, en los gestos y en la vida de sus hijos, Paco, Mario e Ismael.

Y cuando llegó la enfermedad, volvió a demostrar quién era. Luchó. Contra el ictus. Contra el cáncer.Contra todo aquello que intentó detenerla.

Lo hizo como había hecho todo en su vida: con coraje, con dignidad y con unas enormes ganas de vivir.

Sus últimos meses los pasó en su huerto, a su ritmo. Tranquila. Rodeada de sus tres hijos, Paco, Mario e Ismael y famila, de aquello que quería cerca. Quizá con la serenidad de quien sabía que en la vida había hecho los deberes, y los había hecho. Con sobresaliente.

Nina se marchó un viernes, 18 de septiembre, se fue una mujer, pero no se fue su historia.

Porque ahora su nombre queda unido para siempre a algo que le pertenece: la memoria de la cocina casera tarifeña, de las recetas que pasan de generación en generación y de una manera de cocinar que, antes que técnica, era cariño.

Por eso nacen los I Premios Nina Aragón “Joyero de Recetas Tarifeñas”. Y qué mejor nombre.

Porque Nina fue precisamente eso: un joyero. Un joyero de recetas, de sabores, de recuerdos y de pequeñas cosas que terminaron siendo enormes, un premio con su nombre no debe ser simplemente un reconocimiento gastronómico.

Debe ser un acto de memoria. De respeto. De admiración. Y también de orgullo.

Orgullo por una mujer que hizo grande la cocina de Tarifa sin necesitar que nadie se lo dijera. Orgullo por una generación que convirtió el trabajo en una forma de vida. Orgullo por una ciudad que todavía conserva personas capaces de cocinar como Nina: despacio, con paciencia, con producto, con conocimiento y, sobre todo, con amor.

Porque Nina no cocinaba para presumir, cocinaba para alimentar. Y ahí está quizá la grandeza.

Hoy podemos ponerle una placa, entregarle un premio, recordar sus recetas y contar sus historias, pero lo verdaderamente importante es que su nombre siga pasando de boca en boca, que alguien dentro de veinte años pregunte quién fue Nina Aragón.

Y que alguien pueda responder: “Fue una mujer de Tarifa que cocinaba como los ángeles. Una mujer trabajadora, generosa y buena. De esas que ya no se fabrican”.

Y entonces entenderemos que el premio habrá cumplido su misión.

Nina se fue. Pero Nina se queda.

 

Un comentario

  1. Doy fe de lo dicho, tuve la suerte de poder degustar sus manjares y disfrutar de su compañía y cercanía. Una lástima su pérdida tan temprano.
    Un abrazo gordo a sus hijos y familiares que también son los míos.

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