El niño que llegó para ‘apuntá’ y terminó escribiendo la historia del Mercado; Jaime Ramos

En Tarifa hay rincones que no se explican: se sienten. Lugares donde el tiempo no sólo pasa, sino que se queda. Y si el Mercado de Abastos “La Plaza” cumple 190 años con la fuerza de un corazón que sigue latiendo, es porque dentro de sus muros hay personas como él: Jaime Ramos López, el hombre alegre, vivaz, divertido, siempre con una historia en la mano y una sonrisa en la otra. Un empresario de esos que dignifica el término, el hombre para quien el Mercado no es trabajo, sino vida.

“A veces los domingos, cuando estamos cerrados, mi mujer me pregunta ‘¿dónde vas?’ Y yo le digo: ‘al Mercado, a ver cómo está’… Esta es mi casa, mi hogar, y lo llevo en el alma”. Y al escucharlo, uno entiende que “La Plaza” sería distinta sin él.

1973: Madrugadas con olor a mar y a brasero

La historia de Jaime en el Mercado empieza en 1973, de madrugada, cuando Tarifa despertaba de otra forma.
“A las 3 y 15 de la mañana ya había gente en la puerta para abrir”, recuerda. Pescadores del pargo, del trasmallo, marineros curtidos que daban vida a un Tarifa que apenas tenía diez bares en todo el pueblo. Entonces no se tapeaba: se bebía coñac y se contaban historias.

Tenía 12 años cuando entró a trabajar. Su padre, marinero toda la vida, había conseguido hacerse cargo del bar: “Era analfabeto, pero lo puso en marcha él solo, y eso que antes otros más formados lo intentaron y desistieron”.
Como el padre no sabía apuntar, Jaime —apenas un niño— se convirtió en las manos que anotaban las cuentas de quienes dejaban fiado en la barra. Con 13 años dejó el colegio, y desde entonces no ha dejado el Mercado. “En ná me jubilo”, dice ahora, aunque todos saben que Jaime nunca se irá del todo.

La Morrá, Pepe el cartero y el Tarifa que ya no existe

El bar de entonces no era donde está hoy. Se llamaba La Morrá y estaba justo enfrente. El local actual era una carnicería, la de “Pepe el cartero”. Tarifa era otra, pero Jaime ya estaba allí, observando cómo cambiaba el pueblo desde el latido constante del Mercado.

Mientras los pescadores descargaban, él aprendía a freír pescado con un respeto casi religioso por el producto. Tras un cursillo de cocina de tres meses, convirtió el local en una freiduría tradicional donde la calidad es un principio sagrado:
“El secreto es freírlo, cambiar el aceite todos los días y darle el toque exacto”.

El café que nacía de una lata de Choped

La memoria de Jaime está hecha de anécdotas que hoy parecen imposibles.
“Antes hacíamos el café con una lata de Choped”, cuenta riendo.
Se soldaba un borde a la lata, se colocaba en la cafetera normal, se echaban dos cazos de café «molio”, agua hirviendo hasta arriba, y cuando el color cambiaba, se daban dos golpecitos para que filtrara.

Ese café, improvisado pero honesto, guarda el espíritu del bar:
“Yo lo miro a la cara. Si te hace falta y no tienes con qué pagarme, te lo pongo. Un café no se le niega a nadie. Eso lo hacía mi padre y yo hago lo mismo”.

Esa filosofía lleva vigente desde 1973 y explica por qué Jaime es más que un camarero: es un vecino que cuida a su pueblo.

La turista en bragas y otras historias imposibles

De entre todas las historias que colecciona, Jaime no olvida la primera turista que vio en el Mercado.
Tenía 14 años cuando entró a la cocina y se encontró a la mujer en bragas.
Una bebida se le había derramado en la falda y su padre, siempre hospitalario, la invitó a secarse la ropa al fuego. La escena quedó para la historia… y en una foto que aún circula por el Mercado.

“Lo recuerdo como si fuera ayer”, dice entre risas. Porque Jaime no sólo sirve pescado: sirve recuerdos.

Foto: Padre de Jaime y la turista «del incidente».

Un negocio familiar que mira al futuro

Hoy, casi cinco décadas después, el bar sigue siendo un punto de encuentro.
Abren a las seis de la mañana; Jaime conoce a todos los pescadores… y a todo Tarifa. “Aquí nos conocemos todos”, afirma.

Pero lo más importante: sus hijas, sus dos yernos y su sobrina continúan la tradición.
Es casi poético, porque su padre —tan bueno, tan noble— repetía siempre que “no quería mujeres trabajando”. Y, sin embargo, son ellas el presente y el futuro del negocio. Las que mantendrán vivo lo que él empezó, lo que Jaime continuó y lo que el Mercado de Abastos celebra en su 190 aniversario: la historia de familias que han hecho de “La Plaza” un corazón que nunca deja de latir.

Un legado que no se jubila

Jaime dice que pronto dejará de trabajar. Nadie le cree del todo. Porque hay personas que no pueden jubilarse: su vida está demasiado entretejida con su entorno.

El Mercado de Abastos de Tarifa cumple 190 años, y lo celebra con él, con su voz, sus madrugones, sus risas, su café… y esa manera tan limpia de mirar a la gente: a los ojos, siempre a los ojos.

Cuando dentro de muchos años sus nietos y sus hijas cuenten esta historia, dirán que en aquel rincón del Mercado había un hombre que lo amaba tanto que incluso los domingos iba a visitarlo. Y entenderán que “La Plaza” es lo que es por personas como Jaime Ramos López, que convirtió un puesto de bar en una parte indeleble de la memoria de Tarifa.

Una historia hermosa y melancólica, sí. Pero, sobre todo, una historia que continuará. Porque su familia ya está escribiendo el futuro.

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