Palabras de aMor en lunes. Por María Eugenia Manzano

Habrá
anarquía de las rosas
perplejidad en el desierto
ola en el alma de los ríos
Las mujeres abrirán la marcha 
De «Le soleil se meurt» («El sol se muere»), 1992
Lunes, 7 de octubre.
A veces tengo ganas de decir cosas, sin saber cómo, y de repente encuentro un texto de alguien que ha dicho lo que yo quería decir pero de una manera mucho mejor, así que le robo sus palabras.
Otras veces digo cosas que no sabía que tenía ganas de decir y, en un momento de no razón, de conciencia alterada, salen frases por mi boca. El sábado, por ejemplo, o la otra noche entre sueños.
Y las Palabras de aMor de hoy recogen las dos situaciones.
El autor, Atiq Rahimi, escritor, guionista y director de cine afgano. El texto, parte de un artículo publicado en el periódico Libération.
Desde aquí, por mi parte hoy, poco o nada más. Sólo me queda una pregunta viva: ¿Qué vamos a decirle a nuestras nietas cuando nos pregunten dónde estábamos durante el genocidio silencioso de los talibanes contra sus mujeres?
___________________________________________________________________
Más palabras y gritos. Más armas y lágrimas. Desesperadamente.
¡Me pregunto si todavía tengo palabras que decir sobre mi tierra natal, Afganistán, la figura encarnada de la desolación!
Y la voz para llorar, armas para tomar, lágrimas para derramar…
No. Me siento tan impotente como las manos vacías de un padre afgano que regresa a casa sin poder alimentar a su familia. Tan humillado como este joven que no puede tener la barba que exigen los talibanes. Tan invisible como esta presentadora de televisión afgana, a la que no se le permite mostrar palabras en sus labios. Tan frustrados como estas parejas de enamorados que ya no saben recitar poemas de amor. Y tan sordos y ciegos como las grandes potencias mundiales. ¡Tan ridículos como estos hombres de las Naciones Unidas, sentados a la mesa con este ejército de oscuridad, los talibanes, que les imponen incluso su deseo de no tener una sola mujer en la mesa de negociaciones!
¡Qué mascarada, este mundo inmundo!
¿Necesito escribir estas palabras nuevamente? me pregunto. Estoy cansado de escribir y escuchar esas mismas frases vacías, esas condenas «firmes» que nunca han sacudido a un solo imbécil talibán que vino a destruir mi tierra. Ni a esos reyes del petróleo que los financian, ni a sus traficante de armas ni del Corán, que directa o indirectamente les aprecian.
Ninguna sanción, ningún embargo.
Ya volverá la sonrisa a los labios de las mujeres afganas, obligadas a ocultar el rostro, las manos, los pies. ¡Y la música a los oídos de este joven privado de sueños!
Estos monstruos deben arder bajo la luz de la libertad. Ya estoy harto de esta farsa, de este circo diplomático en el que las Naciones Unidas se hacen el tonto con los talibanes.
¿Cuál es su vil plan? ¿Discutir el color de los chadores mientras las mujeres, nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras hijas son enterradas vivas bajo sus leyes de mierda?
¡Qué espectáculo tan lamentable!
Aquí estamos, viendo a los tiranos dictar su ley mientras el mundo mira hacia otro lado.
Atiq Rahimi,artículo publicado en Libération el 3 de septiembre de 2024

2 respuestas

  1. Movilizarnos en una marcha silenciosa. Una multitud y una revolución sin armas como la de Ghandi o la Mandela. Tan solo ir allí, a millares, y frente a los talibanes (incluidos los militares de la Deportiva burgalesa) dejar caer poco a poco las vestimentas utilizando tan solo las armas de la piel desnuda y expuesta.
    Mientras, no se me ocurre que decir a mi nieta. Casi mejor sea no tenerla.

    1. Abrir esa marcha. Amamantar. Aguja en mano, como dice Laura Mora, porque estábamos vivas para todo lo que toque, coser, zurcir, amortajar, bordar… No conozco más justicia que la de la Ley Natural.

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