Alcanzar los 50 millones de habitantes. Por: Ángel Luis Jiménez

José Ortega y Gasset, Filósofo y ensayista español, decía que la natalidad refleja el estado de ánimo de una sociedad. Además, en nuestro país, con una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo y al tiempo con una de las poblaciones más longeva y cada vez más envejecida, plantea un grave problema de futuro de la población española.

Porque este nuevo país que emerge -más diverso, más urbano, más fragmentado en hogares pequeños- exige una mirada distinta. Detrás del número hay un reto: cómo convertir esta nueva realidad demográfica en una oportunidad de progreso, inclusión y sostenibilidad. Y así evitar que la demografía nos siga atropellando y se cargue nuestro estado de bienestar.

Menos mal que la cosa no es tan así por el aumento poblacional de personas nacidas en el extranjero, principalmente en Colombia, Venezuela y Marruecos. Según la Estadística Continua de Población del Instituto Nacional de Estadística, publicada a principio de año, en términos anuales, el crecimiento poblacional estimado había sido de 458.289 personas, situándose a 1 de enero de 2025 en 49.077.984 de habitantes.

Así que, ya falta menos para los 50 millones de habitantes, aunque la natalidad en España continúa en niveles históricamente bajos. La tasa de fecundidad apenas supera 1,1 de hijos por mujer, muy lejos del umbral de reemplazo generacional. De hecho, nuestro crecimiento vegetativo es negativo desde hace ya casi una década, y la única razón por la que la población total aumenta y no disminuye es la inmigración.

Cerca de diez millones de personas nacidas en el extranjero -2,6 millones han adquirido la nacionalidad española- residen hoy en España. Más del 80% han venido a nuestro país en los últimos 25 años, y su peso relativo no deja de crecer. Según las últimas proyecciones del INE, crece tanto que cuando desaparezca la actual generación de los baby boomers, cerca del 40% de los residentes habrán nacido fuera del país.

Afortunadamente, porque si no fuese así, el invierno demográfico -compartido con otros países europeos, y no sólo- nos devolvería a los 35 millones de habitantes. Este dato revela la magnitud del cambio que estamos viviendo.

Efectivamente, no se trata solo de cuántos somos, sino de cómo somos. La estructura por edades se está “desequilibrando” rápidamente. La proporción de personas mayores aumenta, mientras que la base joven se estrecha. La ratio de dependencia -el número de personas inactivas por cada persona activa- se aproxima a niveles que ponen en tensión el sistema de pensiones, la sanidad y los cuidados.

En este contexto, el mercado laboral se convierte en un espacio clave de integración y sostenibilidad. Necesitamos incorporar, formar y retener talento diverso, adaptarnos a nuevas realidades culturales y sociales, y aumentar la productividad para compensar el envejecimiento de la fuerza de trabajo. También debemos aumentar una renta per cápita que no acaba de despegar en este nuevo marco.

Los hogares también están cambiando. Cada vez son más pequeños, más urbanos, más solitarios. Más de la mitad de los hogares españoles están formados por una o dos personas, y en apenas una década serán dos de cada tres. Y al mismo tiempo, se intensifica la concentración territorial en grandes polos urbanos, mientras muchas zonas rurales y periféricas sufren una regresión poblacional que amenaza, si no condena, su viabilidad.

Este fenómeno tiene implicaciones profundas en el modelo de vivienda, en la planificación urbana, en la prestación de servicios públicos. La diversidad cultural, lingüística y generacional que acompaña este crecimiento poblacional plantea nuevos desafíos de cohesión social. La integración no puede ser solo una cuestión administrativa, debe ser una política activa, transversal, que abarque la educación, el empleo, la sanidad, la participación ciudadana.

En este contexto, la demografía deja de ser una variable pasiva para convertirse en un factor activo que condiciona el modelo de país. Alcanzar los 50 millones debe ser una oportunidad para repensar nuestras políticas públicas, nuestras prioridades estratégicas, nuestra visión de futuro. Pero debemos exigirnos un crecimiento ordenado, que no solo gestione el presente, sino que diseñe el futuro.

La planificación demográfica debe ser una política de Estado. No basta con reaccionar ante los datos, hay que anticiparse a las tendencias. Hay que diseñar ciudades que respondan a las nuevas formas de vida, sistemas educativos que preparen para una sociedad más diversa, modelos de atención que respondan al envejecimiento, y políticas migratorias que no solo regulen, sino que integren. Gobernar la demografía es gobernar el país.

O gobernamos la demografía, o será la demografía quien nos gobierne. Y lo hará con la misma o más velocidad con la que ha cambiado en los últimos años. Por eso, alcanzar los 50 millones debe ser una llamada a la acción para planificar, integrar e innovar. Y para ser un país más consciente de su diversidad.

 

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