Mi hambruna de conocimiento y mi ansia por desentrañar la inmensidad del cosmos me ha tenido siempre embelesado y pasmado por el tema. Hoy sé un poquito más, pero todavía muy poco. Como decía Montaigne, «¿Qué sé yo?»
Fueron los filósofos de la naturaleza de los siglos XVI y XVII los que nos legaron una visión adoptada progresivamente que nos muestra la realidad material de la que está hecho el mundo, como algo inerte, que no se dirige a ninguna parte ni tiene objetivo alguno. Está ahí, inmóvil (o prosigue el camino que lleve) hasta que algo externo le transmite energía, como un taco de billar golpeando la bola.
El mundo es materia en movimiento impulsado por fuerzas externas. Debemos al astrónomo ingles Fred Hoyle conocer que somos polvo de estrella, porque junto a sus colegas, Hermann Bondy y Tomas Gold, propuso el modelo del estado estacionario. Según este modelo, el universo no tiene principio ni fin, y la materia se crea de forma continua a medida que el universo se expande, de modo que su densidad global permanece constante.
Hoyle durante una entrevista en la BBC, en 1949, también bautizó al Big Bag (a su pesar), pues la teoría que se postulaba en su tiempo era que el universo tuvo un origen puntual a partir de una gran explosión ocurrida hace 13.800 millones de años. Esta cuadraba muy bien con su nucleosíntesis, ya que esa explosión dio lugar a los átomos de hidrogeno y un poco de helio. Pero Hoyle se opuso de plano a esta teoría, porque le parecía religiosa, arbitraria y mal fundamentada y se refirió a ella como “this big bag idea” (“esa gran idea del estallido”) pretendió ridiculizarla, pero acabó siendo uno de los términos científicos más sólidamente asentados en el imaginario popular.
Hoy estamos en otro tema de actualidad científica como es la misión del Artemis II, que ha consistido en un vuelo tripulado por cuatro astronautas de unos 10 días de duración que ha orbitado y sobrevolado la luna sin aterrizar en ella. Su objetivo principal era probar los sistemas de la nave Orión y preparar el terreno para futuros alunizajes a través de misiones posteriores, como Artemis III o Artemis IV. Esta misión ha demostrado al mundo cuán prometedoras son la ciencia, la tecnología, la belleza y la palabra.
De esa misión sólo nos ofrecieron el espectáculo de los cráteres en la cara oculta de la Luna, el eclipse solar, la noticia del inodoro roto y los movimientos de los felices astronautas, entrelazados unos con otros, cuatro gemelos adultos dentro de un útero. Y también sus palabras: “Buenas noches, Tierra”, dijo Reid Wiseman, mientras se sumergían en la oscuridad. Y añadió “Todos somos Homo sapiens”.
Dado los acontecimientos que se desarrollaban mientras tanto en la Tierra, tanto en el lado que se quedaba a oscuras como en el iluminado, era imposible no ver en el mensaje del comandante una suerte de llamada a la humanidad. En cuatro breves palabras, nos recordó que todos, sin excepción, somos Homo sapiens, todos descendientes de lo que al principio de la especie no era más que un animal insignificante, que intentaba sobrevivir entre otras especies en grupos pequeños, asustados y fugitivos, parientes de otros simios hermanos suyos.
Sobre este tema, el historiador Noah Harari escribió un admirable resumen en su libro “Sapiens”: “Hace apenas seis millones de años, una sola hembra de simio dio a luz a dos crías. Una se convirtió en la antecesora de todos los chimpancés, la otra es nuestra abuela”.
Las palabras de Wiseman deben haber conmovido a muchas personas en toda la Tierra. En este momento, cuando el Homo sapiens se asemejaba a un Prometeo tecnológico que intentaba robar el fuego del conocimiento con su escalera de metal y corcho para la conquista del espacio, acordarse de la criatura que se alzó sobre sus patas traseras y sigue perteneciendo a esa antigua especie, nos recuerda que la humildad nos sienta bien.
Los cuatro astronautas avistaban nuestro pequeño globo terráqueo, nuestra Tierra azul, milagrosamente suspendida en medio de la oscuridad. Su superficie mezclaba océanos, ríos, lagos, grandes ciudades, puertos, hielo, selvas tropicales. Vista desde lejos, solo podía pensarse que la Tierra es fértil y pacífica, un Edén en contraste con la esterilidad del cosmos. Como dijo Víctor Glover, el piloto de la misión, “lo que llamamos universo es un gran vacío, pero tenemos un oasis donde podemos coexistir”.
En este punto conviene hacer una pausa. Si nuestro dedo digital tocara la superficie de la Tierra en esos mismos días, en algún lugar de Asia, descubriríamos que el Homo sapiens amenazaba con una guerra en la frontera entre la India y Bangladés, también en el nordeste de África (Sudan), y al este de Europa (Ucrania). Un poco más al sur, en el Mediterráneo levantino, aguardamos sin esperanza lo que le espera a Gaza, Líbano e Irán. Y así en otros muchos sitios. Mientras tanto, en la mejor de las paradojas, de esa misma zona de la Tierra salían cuatro ejemplares de Homo sapiens, demostrando al mundo cuán prometedoras son la ciencia, la tecnología, la belleza y la palabra.
Por eso, me sentí conmovido cuando el canadiense expresaba el concepto del otro como pocos lo han logrado. Dijo Jeremy Hanser, dirigiéndose a la multitud que los esperaba, “cuando ustedes miran aquí arriba, no nos están mirando a nosotros. Somos un espejo que los refleja. Y si les gusta lo que ven, miren entonces con un poco más de profundidad. Lo que ven son ustedes mismos”. No sé si esas palabras de Hanser fueron espontáneas o preparadas, pero fueron hermosas e irradiaron esperanza en estos tiempos tan oscuros que estamos viviendo.



