La desaparición del histórico Real de la Almadraba de Tarifa sigue provocando reacciones cargadas de emoción entre quienes consideran este lugar mucho más que un antiguo edificio vinculado a la pesca del atún. Entre esas voces destaca la de Luciano Muriel, que ha querido rendir homenaje con un poema a modo de epitafio, unas palabras llenas de nostalgia, respeto y reivindicación hacia uno de los espacios más representativos de la historia marinera de la ciudad.
En sus versos, Muriel expresa la tristeza por el derribo de un lugar que durante generaciones fue centro de trabajo, convivencia y cultura almadrabera. El autor recuerda que el Real no era solo una construcción, sino el corazón de una forma de vida que dio sustento a numerosas familias llegadas desde distintos puntos de la costa andaluza, especialmente desde zonas con gran tradición pesquera como Lepe o Isla Cristina.

El poema transmite la sensación de pérdida irreversible, pero también la necesidad de mantener viva la memoria. Muriel describe el Real como “testigo mudo y callado donde se vivía y trabajaba”, una imagen que resume el valor simbólico de este enclave, ligado a la almadraba, una de las actividades más antiguas y características del litoral gaditano.
En sus palabras también hay crítica y lamento ante la demolición, a la que se refiere como la acción de una “máquina destructora” que acaba con un vestigio del pasado sin respetar su significado histórico. Para el autor, el Real representaba la cuna de un oficio, el lugar donde se ganaba el pan y donde se forjó parte de la identidad colectiva de Tarifa.
Sin embargo, el tono del epitafio no se queda solo en la tristeza. El poema insiste en que, aunque el edificio desaparezca, su recuerdo no debe borrarse. Muriel apela a la memoria del pueblo, a las raíces y a las cicatrices que deja la historia, para recordar que el patrimonio no solo está en las piedras, sino en quienes lo vivieron.
El texto se ha compartido entre vecinos y antiguos trabajadores vinculados a la almadraba, que han encontrado en estos versos una forma sencilla y sincera de expresar lo que muchos sienten ante la pérdida del Real: que se ha derribado un lugar físico, pero no lo que representa.
Las palabras de Luciano Muriel se convierten así en un pequeño epitafio colectivo para el Real de la Almadraba, un recordatorio de que la historia de Tarifa está profundamente ligada al mar, al atún y a las generaciones que hicieron de ese lugar su casa y su trabajo.
Texto original





Un comentario
Que tristeza más grande ver cómo el lugar donde viví mí infancia y adolescencia ha desaparecido para siempre. Joaquín y José Fernández Padilla, José fue administrador del Consorcio Nacional Almadrabero, Joaquín, hermano de José, mí padre estuvo desde el año 1.953 desempeñado el trabajo de guarda del Real. Allí nació mi hermano pequeño, el único nacimiento que hubo. Cuántas personas conocí, todos almadraberos. Los capitanes, Antonio Pérez Zaragoza, Jacinto Vaello. Juan Moreno y su mujer Encarna, Juan y su mujer Adela, Adelica le llamábamos, eran de un pueblo de Almería. Pedro el botero. Yo jugaba con Mari Nieves, hija de Antonio Pérez Zaragoza , y con todos los hijos de los almadraberos que venían con sus familias. Para mí eran como mi familia. No quiero olvidarme del enfermero del Real, que curaba las lesiones de los hombres y a mí y mis hermanos nos podía las inyecciones. Que feliz fui durante los años que pasé allí. Espero que hayan quitado la imagen de La Virgen de La Luz y no la hayan destruido. Durante todo el año tenía flores frescas que mí madre se encargaba de que no le faltasen. Cuántas personas se han ido de este mundo, que jamás olvidaré. Estoy triste, pero comprendo que los tiempos han cambiado y que no podía continuar donde estaba. Guardo lo más importante, las personas que conocí y lo feliz que fui. Un viva a todos los almadraberos.