Hoy es viernes y hoy se come la última Trastevere. Qué raro que en breve sea extinta…
Trastevere no era solamente una pizzería. Sí, tenía pizzas deliciosas, sabrosas, contundentes, de esas que llegaban a la mesa enteras o por porciones y que arreglaban cualquier noche. Pero era bastante más que eso: era un punto de encuentro. Un lugar al que uno iba por la pizza y acababa quedándose por la gente.
Hoy cierra por traspaso. Y Blanca Rivero, que ha sido el alma de ese pequeño universo, se despide diciendo algo que resume perfectamente lo que ha sido: “Echaré de menos a los clientes”. Normal. Porque los clientes también vamos a echar de menos a Blanca.
A Blanca, por supuesto, pero también a todo lo que ocurría alrededor de ella. Ese entrar y salir constante, las conversaciones que se alargaban, esa carcajada de bruja, el saludo de quien ya era de la casa, la pizza que aparecía en el momento justo y esa sensación tan difícil de conseguir de que allí siempre estaba pasando algo.
Y a Manuel, claro, repartidor, guardaespaldas improvisado, amigo, cómplice y, sobre todo, crack. Parte imprescindible de ese ecosistema trasteveriano que funcionaba todo el año, al lado de La Virgen, haciendo de aquella esquina un lugar con vida incluso cuando Tarifa bajaba el volumen.

Porque ese es otro de los méritos de Trastevere: brillaba también fuera del verano. Cuando la temporada terminaba, cuando las calles se vaciaban un poco y Tarifa recuperaba su ritmo más lento, allí seguía Blanca, seguía Miguel y seguía la pizza. Una pequeña resistencia gastronómica y humana frente a la estacionalidad.
Tarifa pierde, al menos por ahora, su mejor pizza. Es una opinión soberana, naturalmente. Hay pizzas muy buenas en Tarifa, algunas extraordinarias, pero las de Trastevere jugaban en otro nivel. Tenían algo, un saber, un sabor, una combinación, ese punto difícil de explicar que hace que una pizza deje de ser simplemente una pizza.

Y qué raro resulta hablar de ellas en pasado. Hoy me comeré la última.
Lo haré pensando en todas las que han venido antes: en las noches improvisadas, en las conversaciones, en las risas, en las pizzas compartidas, en las que llegaron a tiempo y en las que llegaron cuando ya parecía que no podíamos más. En las porciones comidas de pie, en los “ponme una más”, en los encuentros inesperados y en tantos momentos que, sin darnos cuenta, acabaron teniendo sabor a Trastevere.
Porque al final esa es la pequeña grandeza de algunos sitios: no son importantes solamente por lo que venden, sino por todo lo que sucede alrededor de lo que venden.
Y Trastevere vendía pizza, sí. Pero también vendía encuentros, noches, conversaciones y recuerdos. Hoy toca despedirse con una pizza en la mano.
Gracias, Trastevere. Gracias, Blanca. Y, por favor, que nadie entierre todavía el virtuosismo.
Ya suena jaleo. Esto promete.




Un comentario
Joe con la de pizzerías que hay en Tarifa y mejores que esa te vas poner a escribir un escuajo de noticia , ahora en octubre se cerrarán más negocios y nadie se va poner a llorar esto es una cosa que pasa aquí en Tarifa todo los finales de Temporada .